dom. May 17th, 2026

Puede que no lo parezca, pero la crisis de seguridad se profundiza y no se puede descartar su colapso.

Tal peligro urge la adopción de medidas emergentes para conjurarlo, considerando que a menos de dos años del fin de este gobierno es ilusorio repensar e implementar una política y estrategia más acertada y de mayor alcance. El augurio presidencial que caracteriza el próximo sexenio como de continuidad con el cambio, en este campo está ocioso.

El presidente López Obrador puede insistir en que no zigzaguea, pero el sello distintivo de la política de seguridad ha sido el de la vacilación. El ir y venir que ahora amenaza con provocar un derrumbe con desbordamientos dentro y fuera del país, dejando un pesado lastre del que es difícil que quien lo suceda finalmente lo libere. ¡Qué legado!

Si en más de una política el Ejecutivo falló en la forma, el tono, el fondo o el momento, en el caso de la seguridad pública erró por completo. Excepto en relación con el abordaje de las raíces sociales del delito. Un éxito, sin embargo, que no fue combinado, conjugado ni emparejado con la lucha contra la delincuencia profesional.

Ante el problema de la inseguridad que, desde principios de siglo, desangra y enluta a la nación y ahora provoca conflictos con las dos principales potencias del planeta, la vacilación no pudo ser mayor. La inseguridad política del gobierno hizo cisco la política de seguridad del Estado. Un alboroto incesante que agotó la posibilidad de rectificar y cumplió la tontería de ratificar la imposibilidad.

La intención de devolver a las Fuerzas Armadas a los cuarteles culminó en dejarlos fuera de ellos e integrarlos a la administración. El deseo de evitar la violación de los derechos humanos resultó en la inacción y, posteriormente, al reaccionar bajo presión, resurgió la violación de los derechos. La idea de recrear al Secretario de Seguridad terminó reemplazándolo para luego vaciar su función, convirtiéndolo en una oficina de relaciones públicas de las Fuerzas Armadas o una plataforma de lanzamiento electoral. La desaparición de la Policía Federal y la aparición de la Guardia Nacional no está del todo justificada. La idea de destacar a la Guardia para la detención de delincuentes llevó a la detención de inmigrantes indocumentados.

En el colmo de la indefinición, la comprensible necesidad de contar con la asistencia de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública en espera de la madurez de la Guardia se invirtió, por no decir pervirtió: la Guardia comenzó a asistir a aquellos e, incluso, fue asignada a la Defensa Nacional y, en breve, la Corte definirá si –al igual que con otras iniciativas presidenciales– se violó la Constitución.

Lejos de civilizar, se militarizó la seguridad pública y se abandonaron las policías civiles, metropolitanas, estatales o municipales, con algunas excepciones. Entre lo que se ofrece y lo que se entrega, hay una profunda desconfianza por los uniformados y una adoración desmedida por los uniformados.

La manía presidencial de ver sólo el fracaso de los demás, pero no el propio error, trastorna incluso el debate.

Ante el proyecto de resolución del ministro Juan Luis González Alcántara Carrancá, que está a punto de ser discutido y que califica de fraude a la Constitución el traspaso de la Guardia a la Defensa, el presidente advirtió a los miembros del pleno de la Corte: “…ojalá se piense bien, porque si declaran inconstitucional la ley en la materia e impiden que la Guardia Nacional dependa del Ministerio de Defensa, será un grave error, una metedura de pata”.

Tal recomendación -siempre que no se entienda como una amenaza- hecha por el Ejecutivo a los ministros de justicia, en realidad se la podrían haber hecho a él, aunque el error ya está cometido.

El error se debió a que, si desde un principio se temió que la corrupción acabara devorando a la Guardia, su concepto y diseño civil tenía un defecto original. Y si no era así, entonces se tendió una trampa a los legisladores al vestirlo de origen civil. Casi por unanimidad (solo hubo un voto en contra) se aprobó crearlo, pero ese consenso se diluyó luego, cuando el presidente promovió trasladarlo a Defensa y dejar sin sentido a la Secretaría de Seguridad, respondida a su pedido. El error se cometió porque esa transferencia desconoció la Constitución, y los ministros están para hacerla cumplir. El Ejecutivo zigzagueó y se equivocó.

Como en otros casos, la Corte está bajo presión y contra la pared. En las votaciones de los ministros se verá quiénes están decididos a defender la Constitución y quiénes no. No están para aliviar el tormento que causa el fantasma de Genaro García Luna en Palacio Nacional.

Sólo la vacilación y la desesperación explican sin justificar el ímpetu de políticas mal informadas y sin marco legal.

En términos de seguridad, el peligro de colapso está a la vista. Se firma un acuerdo con Estados Unidos para acabar con el fentanilo que supuestamente aquí no llega ni existe. Se niega la pérdida de control territorial, aunque se descubre un santuario criminal en el camino por donde transita buena parte de la economía. Se invita a los destinos turísticos a reactivarse, aunque puede que más de uno se quede tirado en la playa para siempre. Se le está pidiendo a China, inocente o maliciosamente, que revele cómo y dónde llegan los cargamentos de precursores de drogas con su destino final al otro lado del río…

Es urgente reflexionar sobre qué hacer antes de que la inseguridad política colapse la política de seguridad.

Pronto

Una tesis sobre el sentido de su voto respecto a la inconstitucionalidad o no de la adscripción de la Guardia a la Defensa Nacional podría escribir el presunto licenciado que despacha como ministro.

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Metro

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