
Esta semana inició la 37° edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Que la FIL se acerca a las cuatro décadas, que es un referente a escala mundial, que secciones y suplementos culturales de Iberoamérica la cubren detalladamente, que reúne a cientos de editores, miles de escritores y comentaristas, todos organizados por una La universidad pública, la de Guadalajara, debe ser motivo de celebración y orgullo. Además, el hecho de que el gobierno de Jalisco haya dejado atrás rencores contra la Universidad que de ninguna manera justificaron el desprecio por la fiesta de la lectura y la imprenta es, este año, una buena noticia.
Pero la FIL es sólo un oasis en medio de una árida crisis que vive la industria editorial mexicana, que se debe a la prolongada falta de lectores y que se ve agravada por las recientes decisiones gubernamentales contra las poco más de 220 editoriales que quedan en el país. país.
México tiene pocos lectores y el número va disminuyendo. Cada año el INEGI publica los resultados de la encuesta del Módulo de Lectura (MOLEC). El panorama es sombrío porque empeora: en 2023 el porcentaje de alfabetizados mayores de 18 años que leen es del 68,5 por ciento, 12,3 puntos porcentuales menos que en 2016.
Ningún tipo de material de lectura es mayoritario. Las minorías son quienes leen libros (40,8 por ciento), acceden a Internet (37,7 por ciento), consultan revistas (23,6 por ciento), periódicos (18,5 por ciento) o hojean cómics (6,1 por ciento).
Los datos revelan que hay más mujeres no lectoras (34,3 por ciento) que hombres (28,3 por ciento), y que el hábito de leer disminuye con la edad: mientras que entre 18 y 34 años el 80 por ciento lee algo, entre los de 65 y 34 años el 80 por ciento lee algo, más el porcentaje cae al 60 por ciento. Obviamente, los más jóvenes leen foros en línea con más frecuencia (63 por ciento) que las personas mayores (10,6 por ciento).
Los lectores de libros son pocos y, desgraciadamente, cada vez leen menos ejemplares: mientras que en 2016 se leían de media 3,8 libros al año, en 2023 sólo 3,4. El 45 por ciento lee por entretenimiento, el 27 por ciento por trabajo o estudio, el 19 por ciento por cultura general y el 9,0 por ciento por religión.
A pesar de las dificultades económicas, no parece que el coste de los materiales impresos sea el principal obstáculo para la lectura: el 62 por ciento de los lectores accede a libros gratuitos y el 71 por ciento accede a revistas gratuitas.
Por su parte, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM) brinda cifras alarmantes sobre el estado de salud de este mercado. Mientras que en 2018 se produjeron en México 134.8 millones de libros, para 2021 -último año disponible- sólo 89.1 millones: una caída del 34 por ciento. La producción en términos monetarios pasó de 3.242 millones de pesos en 2018 a 2.126 millones en 2021: también una reducción del 34 por ciento. La crisis es de esa magnitud: en los primeros tres años del sexenio, la producción editorial del país se contrajo en un tercio.
Por el lado de los ingresos, en 2021 se vendieron 99,2 millones de ejemplares, incluidos libros importados, por un total de 9.119 millones de pesos. Los libros de educación básica representaron el 50,4 por ciento del volumen y el 46,8 por ciento del monto de ventas. Como ocurre en otros países, la industria editorial depende en gran medida de los libros de uso escolar: gracias a estos ingresos, los editores pueden arriesgarse en otros proyectos, publicar autores desconocidos, diversificar y aumentar la oferta cultural.
Pero en agosto de 2023, el gobierno emitió un decreto para que las editoriales privadas dejen de ofrecer libros con contenidos de educación secundaria a la Secretaría de Educación Pública (SEP), como ocurre desde hace más de 25 años. La mecánica fue la siguiente: educadores y libreros diseñaron materiales para cada materia, los presentaron a una convocatoria de la SEP y los docentes eligieron los materiales para sus alumnos. Esto permitió producir y distribuir 38 millones de libros en 2021 por mil 488 millones de pesos, lo que representó el 16 por ciento de los ingresos de la industria.
De manera unilateral, sin explicación, el gobierno cerró esa puerta en un compromiso de nacionalización sin sentido, restringiendo la riqueza y diversidad de materiales educativos en las escuelas secundarias públicas y dañando la viabilidad de la industria editorial. Otro campo más donde este gobierno deja un territorio devastado por la arbitrariedad, la improvisación y la negligencia. Nada que celebrar.
El autor es economista y profesor de la UNAM.
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