
María Aliaga es nieta de abuelos españoles -del País Vasco y Almería- y abuelas mexicanas, una de Querétaro, la otra de Michoacán. Los hombres combatieron en la misma escuadra, en la guerra de Melilla. No se sabe si se conocían bien, pero coincidieron en África porque sus hijos mexicanos, muchos años después, los encontraron posando en las mismas fotografías, con otros soldados del batallón.
A nadie le extrañó que a los cuatro años María Aliaga se enamorara del flamenco. “Mi papá se despierta y escucha coplas, zarzuela o flamenco”, dice la bailaora. A las cinco, en la coreografía final de su primer festival, ella frente a ella, se robó la escena con el sombrero cordobés de su padre bien puesto por ella. Bailó una rumba de dos minutos y supo que siempre se le antojaría ese aplauso.
La novia de uno de sus hermanos mayores -es la sexta de los seis hijos de su padre- bailaba flamenco antes que ella y por la admiración que María Aliaga le tenía, acabó en la academia Araceli Galván-Duque, en Vistahermosa.
Con su pelo rubio, suelto como siempre lo lleva, María Aliaga bailaba en casa de su abuela, quien la cuidaba mientras su madre, una educadora, daba clase. Llevaba sus zapatos de flamenca, que ni siquiera se quitó para ir a la escuela, y apartó a un lado los sillones y las mesas de la sala para dejar espacio para que pateara.
Pronto se destacó en la academia: era disciplinada, apasionada y su soltura era notoria.
Todavía en la adolescencia resolvió su dilema: el mismo día tenía una audición con una empresa española y un importante examen de matemáticas. Se perdió la audición, pero decidió que ese mismo día tendría una conversación urgente con sus padres: la escuela se interponía en su camino. Lo suyo era –es– bailar de sol a sol.
A su madre le costó más ceder. Miguel Aliaga, su padre, no dudó. Lleva los toros dentro. Justo cuando iba a tomar la alternativa, sus padres le exigieron: “Primero la escuela”. “Yo podría haber sido una gran figura del toreo en México”, dice su hija, quien le pidió que cumpliera tres promesas: terminar el bachillerato abierto -“algún día querrás estudiar una carrera”, anticipó-, bailar flamenco hasta la muerte y ser el mejor. “Me tomaron muy en serio. Desde entonces, bailo todos los días y sigo tratando de convertirme en el mejor”.
María Aliaga bailó durante unas semanas en Gitanerías, el tablao más famoso de la Ciudad de México. Los Aliaga miraban todas las noches a su hija desde la primera mesa. Al final de una función, se le acercó un hombre pelirrojo que le dijo que su compañía, Adonays Flamenco, acababa de hacer audiciones y que quedaba un lugar. Cerca de cumplir 17 años, Aliaga se fue con ellos a pasar una temporada en San Miguel de Allende y luego en Stuttgart, Alemania. Unos meses después, sus padres la trajeron de regreso a México. “Empecé a ponerme muy gitana. Se asustaron. Me enojé mucho con ellos, pero al mismo tiempo sabía que tenían razón”.
A lo largo de su carrera, Aliaga ha estudiado con los grandes: Concha Jareño, La Truco, Alfonso Losa y María Juncal, La Winy Amaya y Antonio Caneles. Estuvo en Amor de Dios, el centro flamenco más importante de Madrid, y en la Fundación Cristina Heeren, en Sevilla.
Además de bailar, Aliaga escribe. En su blog narra historias de vida con toques de danza. “No vivo la vida, la bailo”, dice.
Su cariño por España y su amor por México la llevaron hacia el proyecto más ambicioso de su vida, Flamenco a la Mexicana. “Estaba buscando la forma de mezclar el flamenco con México, cuando se me ocurrió grabar un video de la catrina bailándolo. Después armé un espectáculo que incluía música que escuchaba mi padre, además de coplas y zarzuelas, como boleros. Quité la letra flamenca y dejé, de principio a fin, la música mexicana flamenca, y modifiqué el vestuario flamenco con ideas y textiles mexicanos”.
Flamenco a la Mexicana se estrenó en el Lunario del Auditorio Nacional, y luego se presentó en diferentes ciudades de México y Estados Unidos durante 10 años. Bailando una versión flamenca de Paloma negra, Aliaga ha aparecido vestida de charro. “Me gustan los experimentos, aunque algunos no han funcionado. Una vez se me ocurrió hacer una jota con la Danza de los Quetzales. Fue horrible, pero mi objetivo es mostrar los lazos y el amor que existe entre estas dos culturas hermanas”.
María Aliaga es profesora de flamenco en la Universidad de Harvard. Empezó en Harvard Graduate School of Education con un taller de sevillanas y llegó al Harvard Dance Center.
Además de bailar, enseñar y escribir, Aliaga diseña moda flamenca. Ha presentado sus diseños en el Salón Internacional de la Moda Flamenca y en We Love Flamenco, en el Hotel Alfonso XIII.
“Soy nueva en esto, no soy diseñadora”, confiesa. Sin embargo, es la única no andaluza que ha mostrado sus creaciones en dichas pasarelas. “Yo soy el bicho raro”, dice, divertida.
Su colección 2023 estuvo inspirada en la jarocha. Expuso 15 vestidos blancos, que representan el vínculo entre el Puerto de Cádiz y Veracruz: “Tienen una conexión fuerte en esta mezcla de culturas. De hecho, el nombre jarocho se debe a que, cuando los españoles llegaron al puerto, en 1519, estaba poblado en su mayoría por personas que venían de las playas de La Jara, en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz”.
“El flamenco es el único traje tradicional que cambia con la tendencia de la moda, año tras año. A veces son más coloridos, resaltan ciertos pantones, a veces tienen más flecos. También están los vestidos para la feria, los vestidos para el baile, los vestidos para la romería, para el rocío, un universo gigantesco que voy aprendiendo”, dice.
“Y al final, mi papá tenía razón: me acabo de graduar en Historia del Arte”. Ella también hizo el papel por ella: baila todos y cada uno de sus días. “Todavía necesito convertirme en el mejor, pero trabajo en esto todos los días”.
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