
Más allá de los embates de una crisis que quiere ser superada por mandato recurrente, nuestra cotidianidad arroja una suma de debilidades y desequilibrios, carencias y despilfarros que se esparcen y confunden, agriando más, si cabe, los ánimos ciudadanos. Las crisis son varias y se entrecruzan, su amenaza no tan latente es que de esos cruces surjan devastadores cruces del orden político y social existente y aún resistente.
Confusiones, obsesiones y omisiones que indican la urgencia de enfrentar simultáneamente los rezagos más evidentes de la evolución socioeconómica, al mismo tiempo que se comienza a rediseñar nuestra institucionalidad. Porque es en esta trama donde se esconde en gran medida el corazón de nuestra oscuridad actual.
Los desayunos del presidente con los hombres más ricos del país y del mundo pueden dar lugar a buenas digestiones y hasta amables vaticinios sobre el futuro económico del país, pero eso no se ajusta ni puede conformarse con la economía mixta que requiere una formación social como la mexicana. .
Desde el púlpito matutino, la columna o las otrora “benditas” redes sociales, el poder constituido convoca a seguir la marcha de una mal definida transformación de contenidos y estrategias que, con el paso de los días, lo que revela es un mayor desgaste y lágrima de los reflejos que ha dejado el Estado, después de años de usos y abusos más que abusivos y confusos.
Deshojar el calendario electoral se ha convertido en el juego de salón favorito del Gobierno y del resto de fuerzas políticas, pero no es el rigor el que predomina en estas tareas. Se priva de la búsqueda de la ganancia rápida y del poder fácil, y los discursos de fondo brillan por su ausencia, iluminados por una conciencia rigurosa y responsable del presente y futuro mexicano. El Presidente y su coalición insisten en que la suya es una transformación histórica, pero los diagnósticos, datos y cifras sobre la coyuntura nacional no acompañan tal optimismo.
Mantener y redoblar el rencor y la división social como moneda maestra del mensaje presidencial refleja una muy baja valoración del diálogo, precisamente de quienes deberían ser los principales promotores del intercambio y la conversación política y económica. Son ellos, los actuales ocupantes de Silla y Palacio, los encargados de tomar la iniciativa. Y no lo toman.
No se trata de recomendar cursos intensivos de buen comer o tomar un té de la tarde; más bien, lo que está frente a todos es la urgente necesidad de cambiar el tono de la retórica y poner en un lugar central el intercambio respetuoso entre los actores de la política y la economía. La política es siempre conservación y lucha por el poder, pero para no perder su esencia civilizada, estas luchas tienen que desarrollarse a través de la palabra y el diálogo. Sólo así la política democrática puede presumir de ser el terreno de la convivencia crítica, de la que depende el enriquecimiento de nuestros planteamientos, convicciones y posiciones.
Al olvidar lo anterior, los gobernantes y aspirantes se traicionan a sí mismos y traicionan los principios universales. Los intercambios se convierten en regateos comerciales y oportunistas, en (im)posturas vociferantes y huecas. Se está imponiendo un desprecio cupular que amenaza con encubrir y ocultar los fondos de nuestro drama como sociedad.
La desigualdad perenne, el ya largo período de hibernación económica que se ha postrado en el trabajo, y la espiral cada vez más agresiva del crimen y la violencia, deben ser vistas como fuente de tareas fundamentales para el Estado y la sociedad, o, al menos, como urgentes. presentaciones para construir una efectiva coalición política y social comprometida con un mejor rumbo para nuestro desarrollo como moneda maestra. Deberíamos cuidar esto y no algoritmos que adivinen simpatías, al menos hasta que el día 24 enfrentemos programas y propuestas de una manera menos salvaje y destructiva.
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