
“L’accord de Paris est acceptée” anunció el ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius, aquel cada vez más lejano 12 de diciembre de 2015. Ban Ki-moon se refirió a este hecho como un triunfo monumental, y Barack Obama celebró haber llegado al Acuerdo de París llamándolo la mejor oportunidad que tenemos para salvar el único planeta que tenemos.
Los objetivos son claros y simples, hay dos y están interconectados: limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados y reducir a cero las emisiones netas de gases de efecto invernadero.
Llegar al acuerdo ha sido uno de los mayores logros de la diplomacia global en toda la historia de la humanidad. El camino que condujo a 196 naciones del planeta a París fue largo, tortuoso y, en ocasiones, incluso peligroso. Fue la diplomacia la que condujo y dio sentido a las negociaciones, y finalmente permitió que todos se pusieran de acuerdo.
Ocho años después, la lucha para combatir y detener el cambio climático parece por momentos estancada o avanza con demasiada lentitud. Los líderes de todo el mundo están exigiendo y casi rogando que se aumente la ambición de las acciones y la velocidad a la que se implementan.
Para romper el atasco y orientar los pasos que aún nos quedan por dar a todos los países a medida que nos alejamos de París y hacia el final del plazo fijado para alcanzar los objetivos, la diplomacia puede volver a ser esa herramienta eficaz que ayude a desatar los nudos.
Por supuesto, los avances tecnológicos, políticas públicas bien orientadas, regulaciones más estrictas y focalizadas, son elementos cruciales en la lucha para frenar el cambio climático, pero la diplomacia internacional es un factor clave, que muchas veces no ha sido valorado en su justa dimensión. , para organizar, motivar y acelerar el despliegue de acciones para lograr la neutralidad de emisiones y frenar el aumento de la temperatura media anual global.
Todos necesitamos productos de otras regiones del mundo, hay países cuyo clima no les permite producir suficientes alimentos o cierto tipo de estos durante todo el año, en un mundo globalizado podemos acceder a casi cualquier producto que se fabrique lejos de nuestro hogar a menor costo o con mayor calidad que lo que se produce cerca.
Y para producir ingentes cantidades de energía que hoy proviene mayoritariamente de combustibles fósiles, se necesita una de las más claras fuentes de contaminación que genera el calentamiento. De hecho, la energía en sí misma es un producto globalizados, el petróleo, la gasolina, el gas, el carbón, son transportados largas distancias ya sea en barcos, oleoductos o camiones.
Además, las emisiones en cualquier punto de la Tierra repercuten en todo el mundo, y afectan en primer lugar y con mayor intensidad a los menos responsables de haber llegado hasta donde estamos ahora.
Es por esta naturaleza globalizada de las cosas que la diplomacia se vuelve relevante. Hay países que tienen vocación de ser líderes y dar ejemplo a seguir, hay otros que tienen tecnología y aún otros que tienen recursos de capital. La diplomacia será la que disponga a todos en torno a una fructífera colaboración, en la que cada nación aporte sus vocaciones y talento para unirse a todas las demás y lograr el objetivo.
Raúl Asís Monforte González.
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