lun. Abr 6th, 2026

Alejandro Encinas siempre fue un hombre de izquierda. No más. Ahora es un hombre del lopez obradorismo que representa el populismo, el fanatismo nacionalista y la ineptitud gubernamental. El López Obradorismo es también el sarcófago de la izquierda mexicana. Cada elogio del Presidente a uno de sus seguidores es un epitafio involuntario de lo que fue el movimiento de izquierda en México.

Incansable acusador del Ejército y de sus abusos, denunciante sistemático de las fuerzas de seguridad, activista contra la tortura, representante de las víctimas y militante de partidos de izquierda, Encinas contaba con el respeto de sus adversarios (iba a decir que de propios y extraños, pero es más probable que tuviera más reconocimiento fuera que dentro). Siempre fue un político de diálogo, pero también de firmeza. Tanto es así que López Obrador nunca dudó en confiarle casos puntuales, como el de Ayotzinapa, o dejarlo como suplente cuando dejó la Jefatura de Gobierno en la CDMX. Su honestidad, que aparentemente ha abandonado, nunca ha sido cuestionada en términos de corrupción. Sin embargo, en su ética política tendrá que hablar mucho consigo mismo. Sabe que cedió a los intereses militaristas del presidente. Hay personas a las que la conciencia, tarde o temprano, les pasa factura. Quizás fue ingenuo, pero considero que Encinas sigue siendo uno de esos.

¿A qué hora se jodió Alejandro Encinas? Al colaborar con este gobierno. Ni modo, esa es la apuesta cuando uno entra en un ejercicio institucional. No es lo mismo mencionar a madres en la calle que intentar cuadrar una investigación compleja en la que tienes la lupa pública encima. Decir “fueron los militares” no es lo mismo que verificar que “fueron los militares”. Hay un abismo de diferencia que Encinas ya conocía en profundidad. Encinas intentó hacer malabares imposibles. No hay gobierno más militarista que aquel al que perteneció durante cinco años. Su líder, el Presidente, ha entregado de manera alarmante la administración pública al Ejército. No había manera de que el justiciero saliera y dijera que los asociados del Presidente, sus hombres de mayor confianza (hace mucho tiempo quedó claro que Encinas no lo era) eran los culpables de una de las mayores atrocidades de la última década. Se topó con militares y el jefe del Ejército es el Presidente, entonces la indicación era clara y Don Alejandro tuvo que irse.

Poco antes de su partida, en un intento desesperado de culpar a alguien, de no irse con las manos vacías, de quedar bien con su propia historia, intentó involucrar a Omar García Harfuch en la masacre de normalistas. García Harfuch será el candidato por la CDMX, pese a la negativa de Encinas y otros que se sienten “herederos del 68”, porque lo consideran una traición a sus ideales por ser un familiar de militares. Otra “heredera del 68”, la señora Sheinbaum, considera que los reclamos no son aceptables y se juega todo por el policía. Desafortunadamente para Encinas, terminará sirviendo a la misma causa que García Harfuch. La humillación en política siempre encuentra caminos inimaginables.

El Presidente lo dijo claro: se abordarán “asuntos electorales”. Adiós a las víctimas, adiós a los derechos humanos, adiós a la lucha histórica, adiós a la izquierda. Adiós a Alejandro Encinas.

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