
Al totalitarismo castrista, sin duda más severo que el marxista, nunca le han faltado defensores o quienes, al menos, traten de hacer menos notorios sus crímenes y desaciertos.
El castrismo, desde el primer día de gobierno, logró extender sobre sus numerosos delitos, encarcelamientos sin debido proceso, fusilamientos, persecución de homosexuales, confiscación de medios de comunicación y otras empresas, una especie de manto que impedía a sus partidarios nacionales y extranjeros ver la realidad de lo que estaba pasando en Cuba.
Aún hoy, casi 64 años después, persiste esa alfombra mágica para no pocos que no sólo desconocen los verdaderos acontecimientos de la isla, sino que promueven el desconocimiento de lo que ha significado para Cuba y los cubanos la tragedia del totalitarismo castrista, sin faltar. los que, sin defender la dictadura, buscan desvanecer la lucha que un gran sector de la población ha librado contra el régimen.
Es doloroso apreciar cómo hay individuos que se empeñan en reducir el sufrimiento de los cubanos, ignorando a su antojo hechos que reflejan la alta criminalidad y la ineptitud de un régimen vergonzoso que ha sumido al país en la destrucción.
La profesora Susan Ecktein presentó recientemente su libro Privilegio cubano, la construcción de la desigualdad de inmigrantes en Américaen el que afirma que los inmigrantes cubanos en Estados Unidos no son auténticos refugiados o exiliados, una absoluta falta de respeto a la verdad histórica como lo demuestra el Dr. Orlando Gutiérrez Boronat, quien con nobleza y argumentos contundentes, refutó la afirmación de un académico, Por suerte para ella, no ha tenido que sufrir la servidumbre totalitaria.
Desgraciadamente no son pocos los cubanólogos, algunos nacidos en la isla, que en distintas etapas de su vida han servido consciente o inconscientemente al castrismo, aunque seguramente no falten los que prestaron servicios por razones ideológicas, privilegios o beneficios económicos, objetivos para que se creó el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, dependencia de la que han disfrutado muchos intelectuales y políticos latinoamericanos, como en su tiempo el desaparecido Salvador Allende y el poeta Mario Benedetti, quien llegó a decir que “Matar es un amargo deber”. revolucionario”.
Con toda honestidad, el régimen cubano creó muchos artistas e impulsó la carrera de no pocos políticos y líderes sociales, así como de más de un intelectual que, bajo la sombra del castrismo, cosechó méritos a través de, como afirma el escritor José Antonio Albertini, de una especie de Club de Alabanza Mutua, que el pueblo cubano paga en cárceles y muros, aunque más de un médico, licenciado o doctorado, lo ignora.
Al parecer, la mayoría quedó cautivada por el supuesto David, protegido por la Unión Soviética, que desafió a Goliat. Idealistas ingenuos, hubo también muchos oportunistas, que creyeron el cuento del trabajo voluntario, que los bienes eran del pueblo y que las vitrinas del castrismo, la educación, la salud y el deporte, eran ciertas, cuando en realidad la parte falsa de esa propaganda era consecuencias del subsidio multimillonario de la URSS, no por la capacidad de creación de riqueza del castrismo.
Es imposible entender cómo, a pesar de hechos como el hundimiento del remolcador el 13 de marzo y el más reciente naufragio por parte de guardacostas cubanos de una embarcación que transportaba personas a Estados Unidos, causando la muerte de varias personas, entre ellas un niña de dos años, todavía hay gente que no entiende la realidad cubana.
Sin embargo, en beneficio de la causa democrática cubana y para seguir honrando a nuestros numerosos mártires, contamos con hombres como Orlando Gutiérrez, sólido intelectual que cumple con el precepto martiano de “Criminal es quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; que se sienta a la mesa de los que se codean con él o se quitan el sombrero interesado; que reciben de él permiso para vivir”.
Es nuestro deber demostrar constantemente que no hemos abandonado a nuestra patria en busca de una vida mejor, sino porque vivir en Cuba, como afirma nuestro himno nacional, “Vivir encadenados es vivir en vergüenza y vergüenza sumida”. La tiranía debe terminar y es hora de que los ciegos y los sordos empiecen a ver y oír.
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