mié. Ago 19th, 2026

Hace unos años tuve la oportunidad de participar en un espacio semanal en el Telediario conducido por el Arquitecto Benavides en Monterrey. En ese momento Azucena Uresti era la conductora que acompañaba al arquitecto y con ella habíamos hecho unos programas sobre la felicidad. Tras una invitación de Azucena, el Arq. Benavides me invitó a regresar regularmente al programa, lo cual hice semanalmente durante poco más de un año.

Después de un par de espectáculos, el arquitecto me presentó como “Dr. Felicidad”. No sé si lo hizo de forma burlona o sincera (quiero pensar que así fue), pero esa etiqueta me acompañó durante mucho tiempo. De igual manera algunos de mis amigos de la UDEM me decían “Feliz Pepe” y era algo que me gustaba. De una forma u otra, ser pensada como una persona feliz me confirmó que mi tarea en la vida era ser feliz y que debía llevar el mensaje de felicidad a las personas que me rodeaban. Estudiar, aprender y difundir los conceptos de la ciencia de la felicidad cobraba más sentido después de recibir estas etiquetas.

El poder de las etiquetas es tremendo. Si alguien nos dice que una persona es buena o mala, inmediatamente formulamos creencias y expectativas en torno a esa persona. Eventualmente podemos decepcionarnos o confirmar la primera impresión, pero la etiqueta habrá hecho su trabajo desde el principio.

Este tipo de pensamiento se basa en lo que conocemos como el “Efecto Pigmalión”. También conocido como el efecto de la profecía autocumplida, este concepto proviene de una leyenda contada por Ovidio, un poeta romano nacido solo unos años antes de Cristo.

Según esta leyenda, el rey Pigmalión, frustrado por no poder conseguir la mujer perfecta que deseaba, creó una escultura con las características que esperaba de una mujer. Cuando finalmente terminó la mejor obra suya, el rey se enamoró tanto de ella que comenzó a relacionarse con ella como si fuera real, hasta que la escultura cobró vida y se convirtió en una mujer de carne y hueso.

El Efecto Pigmalión se define como la influencia que las creencias de otras personas (y de nosotros mismos) tienen sobre nuestras propias capacidades y sobre lo que podemos o no lograr. En este sentido, lo que los demás piensen de mí (y eso acabará afectando a lo que yo pienso de mí mismo), influirá en lo que seré o dejaré de ser.

La mayoría de nosotros conocemos a personas que han sido etiquetadas de cierta manera y eventualmente actúan en consecuencia. Si decimos que alguien es muy activo, esa persona sentirá la necesidad de cumplir con las expectativas y será activa. Si decimos que alguien es irresponsable, usará esta etiqueta y se esconderá detrás de esa declaración, dejando atrás la presión de la responsabilidad. Si eso es lo que dicen de mí, entonces eso es lo que seré.

Uno de los experimentos más interesantes para comprobar el Efecto Pigmalión fue el realizado por los investigadores Rosenthal y Jacobsen. En este estudio, se seleccionó al azar un grupo de estudiantes y se le dijo al maestro que el grupo era especial y que seguramente mostraría una mejora sustancial al final del período. Después de 8 meses, el grupo mostró una mejora en sus pruebas de coeficiente intelectual.

Las etiquetas que nos dan (y que nos ponemos) y la forma en que las interpretamos son cruciales para nuestro desarrollo. Si somos (y somos) identificados como vagos, poco ambiciosos o incapaces, seguramente haremos todo lo posible para cumplir con esas expectativas. Si, por el contrario, somos (y somos) vistos como emprendedores, luchadores o benefactores, seguramente nuestro actuar estará dirigido hacia esas tareas.

Nir Eyal tiene una columna llamada Nir y Far. Sus escritos se destacan por ofrecer soluciones prácticas a problemas cotidianos. Sobre el tema de las etiquetas, Nir sugiere que, lejos de usar nombres, usemos verbos. Así, si nos duele ser desordenados, no digamos que somos desordenados; Digamos mejor que a veces somos personas que tenemos un poco de desorden en la vida. De esta forma estamos abriendo la puerta a la solución de un problema que parece inherente a nuestra vida. Estaremos atacando un comportamiento y no una característica de nuestra vida.

Las palabras y la forma en que las expresamos también tienen un efecto poderoso. Ya lo decía don Miguel Ruiz en sus Cuatro Acuerdos: Hay que ser impecable con las palabras. La forma en que expresamos una situación puede tener un impacto significativo. Por ejemplo, si tuvimos un año difícil, podemos pensar que el año fue fatal o que fue un año lleno de desafíos. En la primera opción lo que nos queda es el arrepentimiento, mientras que en la segunda lo que podemos ver es una ventana de oportunidad para enfrentar esos desafíos, si se presentan nuevamente.

Vale la pena reflexionar sobre cómo nos ven los demás por fuera y cómo nos vemos nosotros por dentro. Si somos positivos, probablemente estemos sentando las bases para un desarrollo productivo en nuestras vidas. Ser artífice de nuestro propio destino implica realizar un diseño previo de lo que queremos ser.

Y tú, ¿qué etiqueta vas a usar para tu persona en este 2023?

El autor es consultor y conferencista en los temas de felicidad, bienestar y calidad de vida.

Correo: pepechuy13@gmail.com

Leer la nota Completa

Metro

By Metro

METRO es un sitio web internacional en donde destacan las noticias más relevantes de hoy, actualidad y diversos temas como deportes, politica, economía y más. Con información veráz y acertada en cada noticia de todo el mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *