vie. Ago 7th, 2026

Economista, profesor de la UNAM

El próximo 2024 marcará tres décadas del año que vivimos en peligro. En 1994 México pudo perder su vida institucional y la posibilidad de alcanzar la democracia por la nefasta presencia de la violencia política. Fue la tenacidad y el compromiso de altos cargos políticos de los diferentes partidos y del gobierno lo que permitió encauzar civilizadamente hechos graves. Protagonista indispensable de ese ejercicio de política con mayúsculas fue Porfirio Muñoz Ledo.

1994 amaneció con la noticia del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas y su declaración de guerra al Estado mexicano. El México que el 1 de enero lanzó el Tratado de Libre Comercio con Canadá y Estados Unidos, se cubrió con la sombra de la violencia armada. La declaración de un cese al fuego unilateral por parte del gobierno federal y la disposición de diálogo del EZLN impidieron la escalada del enfrentamiento.

En marzo de 1994 fue asesinado el candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio. La sucesión presidencial se tiñó de sangre. Al día siguiente del crimen, los bancos permanecieron cerrados, para evitar una reacción de pánico en los mercados financieros. La llama de todo tipo de especulaciones corrió veloz sobre terreno inflamable.

En agosto de 1994 el país fue llamado a las urnas. La elección presidencial inmediatamente anterior, la de 1988, terminó en una severa crisis política debido a la chapuza de los comicios, organizados y controlados en su momento por el Ministerio del Interior. En la reforma electoral de 1990-91 se había creado el IFE, cuya primera tarea fue construir desde cero un registro confiable e implementar procedimientos para asegurar el respeto al voto, como el registro de los ciudadanos para integrar las mesas electorales. Pero la izquierda partidista no era parte del trato.

En el PRD los agravios no fueron menores. Nació en 1989 con el llamado de Cuauhtémoc Cárdenas a continuar la lucha por la democracia por la vía pacífica. Sobre sus militantes y dirigentes pesó la afrenta del desbarajuste de las elecciones de 1988, así como el asesinato de decenas de sus cuadros. En 1994, además, más que importantes corrientes de la izquierda mexicana se solidarizaron con el EZLN y su llamado a derrocar al régimen por vías ajenas al engorroso pero pacífico expediente electoral.

En este clima de amargura exacerbada, no fue fácil para la dirección perredista sentarse a negociar. Pero era esencial evitar la amenaza de la violencia. Las elecciones no podían alimentar un conflicto mayor; por el contrario, deben ser parte central de la solución para dar paso a la convivencia civilizada de la pluralidad política. Esto también se entendió en el gobierno y en el PAN.

Largas jornadas de negociaciones contaron con la presencia de personalidades como el ex rector de la UNAM, Jorge Carpizo, designado secretario de Gobernación tras el levantamiento del EZLN; Carlos Castillo Peraza, el lúcido intelectual que presidió el PAN; José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI y, por supuesto, Porfirio Muñoz Ledo al frente del PRD.

De este diálogo plural surgió el acuerdo de modificar la Constitución e introducir la figura de los concejales ciudadanos del IFE y retirar el voto de los partidos en el Consejo General. Se acordó una auditoría externa del padrón electoral y reforzar las medidas de respeto al sufragio. Fue la primera reforma electoral fruto del consenso del PAN, PRI y PRD, que permitió la entrega pacífica y legítima del poder. Fue una apuesta de la diversidad por la democracia, de políticos que se guiaron, en términos de Max Weber, por la ética de la responsabilidad.

Posteriormente, Muñoz Ledo continuó en la negociación que dio origen a la reforma de 1996 con: la autonomía del IFE, la creación del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación como autoridad calificadora para la elección presidencial y última instancia en la contienda electoral, y con el diseño de condiciones de equidad en el concurso. Esta reforma también dio paso a la elección de gobernantes en la capital del país. Todas las victorias relevantes de la izquierda en las urnas se han dado bajo las coordenadas básicas de ese modelo.

En tiempos de incontinencia autoritaria, conviene reivindicar la labor política de Muñoz Ledo a favor de una República democrática en la que el respeto a la Constitución, la división de poderes y un jefe ejecutivo limitado sean imprescindibles.

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