El Oxford Dictionary of Languages define a “gandalla” como un adjetivo coloquial despectivo que se usa en México y se refiere a una persona “que es abusiva y tiene malas intenciones”.
Es una palabra muy mexicana para un país lleno de “gandallas”.
Los vemos todos los días. Los que, por ejemplo, se saltan la cola y, lejos de avergonzarse, piensan con orgullo: “Tengo la barbilla…”.
Una de las variantes del “gandalismo” nacional es encontrar subterfugios para eludir las obligaciones legales.
Ejemplo: Los miles de carros que circulan por la Ciudad de México con placas de Morelos para no pagar la tenencia. Otros: La subcontratación de servicios de personal, la denominada tercerización, para que las empresas no paguen la Seguridad Social ni la distribución anual de utilidades a sus trabajadores.
Me complace que el Gobierno de López Obrador haya corregido los excesos de la tercerización. Lástima que eviten el “gandalismo” por un lado, pero lo ejerzan plenamente por el otro.
La 4T se ha convertido en una experta en encontrar subterfugios que le permitan eludir sus obligaciones legales.
La semana pasada vimos el “gandalismo” en estado puro de la 4T en el Congreso. Un espectáculo repugnante.
El proceso legislativo está perfectamente regulado. Una de las cámaras (la “de origen”) recibe una iniciativa para modificar las leyes que nos rigen. El presidente de este órgano declara recibida la iniciativa y, según la materia de que se trate, la remite a una de las tantas comisiones que existen para su estudio y correspondiente dictamen.
Una vez que la comisión debate y dicta la iniciativa, pasa al pleno de la cámara con la propuesta para votarla a favor o en contra. Ya en la asamblea, con un mínimo de quórum, se hacen dos lecturas del dictamen para que lo conozcan los legisladores. Luego se abre el debate en general y en particular donde pueden participar todos los congresistas que se inscriban. Una vez agotadas las discusiones, el proyecto de dictamen se somete a votación nominal donde puede ser aprobado o rechazado.
Si se vota en contra, la asamblea puede decidir desecharlo por completo o volver a los comités. Si se vota a favor, el proyecto se envía a la otra cámara (el “revisor”) como un acta que pasa a las comisiones para su dictamen. Allí se vuelve a debatir y se emite un nuevo dictamen que, una vez listo, se pasa al pleno para su votación con un mínimo de quórum. Si es favorable, la iniciativa se remite al Ejecutivo para su promulgación.
El proceso legislativo tiene sus tiempos y reglas definidos. Sin embargo, el reglamento del Congreso permite la “resolución urgente o evidente de las leyes”, es decir, un proceso de “vía rápida”.
En este caso, el presentador de la iniciativa solicita que el proyecto de ley sea votado inmediatamente, sin remitir el proyecto a comisiones. El pleno de la cámara, en votación económica y por mayoría simple, decide si el asunto es efectivamente una “resolución urgente”. De esta manera, se elude el proceso legislativo normal.
Tiene todo el sentido del mundo que un Congreso pueda legislar de esta manera por razones de emergencia. El mecanismo está diseñado para situaciones excepcionales. El 4T, sin embargo, ha hecho de la excepción la regla.
Ahora han decidido aprobar muchas leyes en ambas cámaras del Congreso de manera expresa. El sábado por la mañana, en sede alterna, los senadores de Morena, PT y El Verde aprobaron 20 reformas a la ley en apenas cinco horas.
Este tipo de “gandalismo” ya se había dado en sexenios pasados. Sí, utilizaron el mecanismo de “resolución urgente o evidente de las leyes”, pero como excepción, no como regla. Aquí lo que observamos fue un “gandalismo” con esteroides promovido desde Palacio Nacional.
Lo increíble es que, ahora, en su iniciativa de reformas administrativas pretenden cambiar la ley para que el Gobierno no tenga que cumplir con las mismas obligaciones legales que el sector privado, por ejemplo, en la construcción. Mientras que un sector privado está obligado a obtener una serie de permisos de todo tipo antes de iniciar la construcción, el sector público puede lanzarse sin obtener las licencias requeridas. Se trata de la legalización del abuso. Su “gandalismo” no conoce límites. Están, como dijo un expriista, en la “plenitud del puto poder”. Es el momento de la agandalle presuntuosa. Porque, sí, efectivamente, hasta lo presumen.
¿Para qué sirve el poder si no es para ponerse en fila y mentón… a los demás?
Leo Zuckermann es analista político/periodista y presentador de un programa de opinión en televisión.
TWITTER: @leozukermann
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