mié. Abr 22nd, 2026

Al acelerar sus actos proselitistas que, por cierto, están prohibidos por la ley electoral, Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Adán Augusto López y Ricardo Monreal refuerzan su presencia en diversas entidades para la fecha crucial, para ganar las urnas que eleven al elegido. como candidato de Morena a la Presidencia de la República.

Bueno, eso es en teoría, porque en realidad quien elegirá al “buen chico” será el presidente Andrés Manuel López Obrador, y aunque ya tomó su decisión, sopesa diariamente las lealtades y capacidades de tres de sus corcholatas, pues El senador Ricardo Monreal queda descartado.

Tanto Ebrard como Sheinbaum y Adán Augusto López han accedido a participar en una contienda a todas luces desigual, ya que un solo hombre, su jefe, tomará la decisión en base a dos atributos que debe tener el elegido: lealtad y defensa. del proyecto político que planteó AMLO y, por supuesto, proteger a la familia presidencial.

Por supuesto, los tres precandidatos están en condiciones, al parecer, de cumplir con estas dos condiciones, sin embargo, ya sentados en el sillón presidencial y con todo el poder sobre sus hombros, inmediatamente surge la pregunta, ¿en qué medida mantendrán su palabra o mejor dicho, hasta dónde llegará su lealtad con el tabasqueño.

Este es el dilema que debe resolver López Obrador en los próximos siete meses.

Tendrás que hacer de adivino o adivino para adivinar el futuro.

¿Hasta dónde llegará la fidelidad del elegido o la elegida? Si llegado el momento y con el cordón umbilical cortado, actuarán conforme a lo pactado y que quedó sellado en un “juramento de hermanos”.

A lo largo, al menos de los últimos 30 años, AMLO ha tenido todo tipo de pruebas de amistad y lealtad con Marcelo Ebrard, Adán Augusto López y Claudia Sheinbuam, de las cuales los tres han salido bien, unos más que otros. pero al final los tres clasificaron a la final, a tal punto que ahora están a punto de cumplir su sueño dorado, ser el sucesor del Tabasco.

Entonces, si los tres cumplen con creces el tema de la lealtad y defensa del proyecto político y de la familia de AMLO, cuál sería el elemento diferenciador que inclinaría la balanza a su favor.

Esto es precisamente lo que escudriña el presidente en vísperas de destapar su corcholata; y por eso los puso a prueba al designarlos como candidatos y exhortarlos a hacer campaña de ahora en adelante, con el pretexto de las urnas, y expresar su visión de la continuidad del proyecto político de AMLO.

Para el titular del Ejecutivo federal, su gestión no terminará el 30 de septiembre de 2024, sino que continuará por al menos 18 años más, por lo que deberá resolver su mayor dilema en los términos antes descritos.

Las prioridades presidenciales para el final del sexenio son electorales, lo demás, como dejar buenos resultados en su gestión, es tangencial, lo relevante es lograr por todos los medios que su candidato gane la elección presidencial y luego ese carácter. cumple con los acuerdos acordados.

Sin embargo, aun resolviendo correctamente el tema de su sucesión, el presidente debe enfocarse en cerrar su sexenio en las mejores condiciones posibles.

No se entiende que se pretenda buscar la continuidad, dejando de lado la dura realidad que atraviesa el país.

Las mañanas ya no alcanzan para tapar el sol con un dedo y por eso es evidente que su sucesor morenista no tiene asegurada la elección, incluso con el control que ya tiene el presidente desde el Consejo General del INE.

En momentos en que problemas como el aumento de los índices de criminalidad, la crisis económica, la inflación, los deficientes sistemas públicos de salud y educación, la ingobernabilidad ante los embates del narcoterrorismo, por mencionar algunos temas, los encargados de la Segob, la Cancillería y la sede de Gobierno de la CDMX pierden tiempo, dinero y esfuerzo en buscar una candidatura que ya está decidida y que, solo si ocurre una serie de imponderables de alto calibre, como, por ejemplo, la derrota de Delfina Gómez en la elección para gobernador del Estado de México o que, precisamente, las condiciones de gobernabilidad y estabilidad social se resquebrajen aún más; o que los grupos delictivos descarados amplíen sus dominios más allá de los que ya tienen, cambiarán de decisión.

Entonces, en ese sentido, el presidente debería incluir en la ecuación de selección la eficiencia, un criterio más de evaluación, y con ello mataría dos pájaros de un tiro; lealtad y eficiencia.

Bajo este crisol, solo uno de los tres ha dado resultados tangibles. Dejaré al lector poner el nombre de este eficiente candidato.

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