jue. Ago 13th, 2026

El libro más conmovedor y hermoso que leí este año se llama El olvido que seremosde Héctor Abad Faciolince (Alfaguara), por el profundo caudal de honestidad que recorre el relato, humano y amoroso, sobre la vida y muerte del padre del autor, un médico colombiano asesinado en los trágicos años de Medellín.

En agosto de 1987, un par de sicarios asesinaron al Dr. Abad Gómez, defensor de derechos humanos y respetado académico de Medellín, quien el día del crimen guardó lo que narra su hijo:

“Supongo que fue en algún momento de esa mañana cuando mi papá copió a mano el soneto de Borges que tenía en el bolsillo cuando lo mataron, junto a la lista de los amenazados. El poema se llama Epitafio y dice así:

‘Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y lo que era el Adán rojo y lo que es ahora

todos los hombres y que no vamos a ver (…)

No soy el tonto que se aferra

al sonido mágico de su nombre;

Pienso con esperanza en ese hombre

que no sabrá que yo estuve en la tierra (…)’”.

De ninguna manera pretendo hacer una reseña del libro de Héctor Abad Faciolince, sino simplemente compartir algunos párrafos o líneas que subrayé del libro que leí en los meses que fui enviado del periódico en Colombia.

“De niño quería lo imposible: que mi padre nunca muriera. Como escritor quería hacer algo igual de imposible: que mi padre volviera a la vida…”.

“Cuando, unos años después, los barrios de Medellín se convirtieron en semillero de matanzas y caldo de cultivo de matones y sicarios, la Iglesia ya había perdido el contacto con esos lugares, al igual que el Estado. Habían pensado que dejarlos en paz era lo mejor, y abandonados a su suerte se convirtieron en lugares donde, como la maleza, surgían salvajes hordas de asesinos…”.

Tomado de una carta de su padre, cuando Abad Faciolince estudiaba en Italia: “Mi amado hijo: que la depresión a tu edad es más común de lo que parece… Lo que importa es que no vas a dejar de ser lo que has sido”. Hasta ahora, una persona, que simplemente por ser como es, no por lo que escribe o deja de escribir, o porque brilla o porque aparenta, sino porque es como es, se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de la gran mayoría de los que te conocen…”.

La carta continúa: “Vivir significa muchas cosas mejores que ser famoso, lograr títulos o ganar premios. Creo que también tenía ambiciones desmedidas en materia política y por eso no era feliz… Esos amores hay que matarlos por cosas tan etéreas como la fama, la gloria, el éxito”.

Cuenta el autor que en su adolescencia “llegué a pensar con angustia que era un marica. Le dije a mi papá con miedo y vergüenza, y me respondió sonriendo muy tranquilo, que era pronto para saberlo definitivamente, que tenía que esperar a tener más experiencia del mundo y de las cosas… porque uno no había que contradecir la naturaleza con la que nació, cualquiera que fuera, y ser homosexual o heterosexual era lo mismo que ser diestro o zurdo, solo que los zurdos eran un poco menos numerosos…”.

El autor agrega: “Desde entonces, tampoco tengo miedo de mis deseos más oscuros, y si después he sentido impulsos de atracción por objetos prohibidos, como la mujer del vecino, por ejemplo, o por mujeres mucho más jóvenes que yo, o por la amigas de mis amigas, estas infracciones no las he vivido como un tormento, sino como los pedidos testarudos, pero ciegos e inocentes en el fondo, del cuerpo máquina, que hay que controlar o no en función del daño que se pueda hacer a los demás y uno mismo”.

De otro tema. “…afortunadamente (a su padre) ya no lo persiguieron en la universidad por ser comunista, sino por ser reaccionario, porque todos los felices, para los comunistas, eran esencialmente reaccionarios, porque lo eran en medio de los infelices y desposeídos”.

Abad Faciolince reflexiona: “Cuando uno lleva dentro una tristeza sin límites, morir ya no es grave. Aunque uno no quiera suicidarse, o no sea capaz de levantar la mano contra sí mismo, la opción de ser asesinado por otro, y por una causa justa, se vuelve más atractiva si se ha perdido la alegría de vivir.

En el funeral, un gran amigo del médico dijo en un discurso en la tumba: “El apego de Héctor Abad Gómez a la idea altamente humanista del credo liberal lo había hecho flexible y tolerante cuando en Colombia solo queda lugar para los fanáticos. .” ”.

Dice el autor, en otras páginas: “Es posible que todo esto sea inútil; ninguna palabra podrá resucitarlo, la historia de su vida y de su muerte no dará un nuevo aliento a sus huesos, no recuperará la risa (…), pero en fin necesito contarla. Sus asesinos siguen libres, cada día son más y más poderosos, y mis manos no pueden combatirlos. Solo mis dedos, hundiendo una llave tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia. Uso su misma arma: las palabras. ¿De modo que? (…) Para alargar un poco más su memoria, antes de que llegue el olvido definitivo.

Aviso: Esta columna será republicada el lunes 2 de enero. Felicidades a cada uno de ustedes, el motivo de nuestro trabajo.

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