
Podemos suponer que la tormenta de banalidades y fanfarrias desatada por el Presidente y sus compañeros de gobierno y sucesión no nos ahogó. También que, a partir del domingo, el relevo político del presidente y del Congreso marchará sin contratiempos. Hay muchas suposiciones que se pueden seguir haciendo, pero ese es un deporte de economistas que no le prescribo a nadie.
Vayamos a los hechos concretos y elementales que ha transmitido el Presidente y su partido. No se trata de una “jugada maestra” para evitar pasiones e intereses que siempre están dispuestos a eludir los compromisos con el bien común o el desarrollo. Por otro lado, es una demostración de poder y capacidad de liderazgo de López Obrador frente a una coalición multifacética sin otro principio rector que el decir y el hacer presidencial.
La dirección de Morena es poco más o menos que una broma, como volvimos a comprobar el pasado domingo. Un partido que se niega a debatir postulados y visiones de quienes aspiran a dirigirlo o representarlo en las cámaras o en el Poder Ejecutivo, un conglomerado gelatinoso cuya cohesión obedece a la voz del amo. Y nadie mas.
No pocos esperábamos pronunciamientos políticos a la altura de los grandes y pequeños problemas nacionales; el estado del mundo y de nuestra región; de los profundos desequilibrios y desequilibrios que han exacerbado el escaso crecimiento económico y el autismo social de la política económica. Pero nada. Eso no reclama la atención de la dirección ni de los aspirantes.
El país ha logrado que la economía vaya por ese camino, apenas crecemos por encima de la población y nuestro nivel de producción es similar al que había antes de la pandemia.
Muchos mexicanos fallecieron por omisiones flagrantes de la autoridad sanitaria y el galimatías presentado insistentemente por López Obrador como una política de emergencia.
Festejarse con los avances, sin duda bienvenidos, en la llamada pobreza laboral, no configura ninguna política laboral digna de ese nombre, que combine la justicia social con la eficiencia y el bienestar. Y las fintas de manipulación informativa, como parece gustarle al presidente, no contribuyen a ninguna reflexión ni debate sobre lo urgente y necesario: subir el techo de crecimiento y redistribuir para crecer.
No creo que esta parafernalia sea útil para los empresarios, grandes y pequeños, que todavía quieren invertir y jugar el juego del mercado. Pueden permanecer en silencio, cargados de una supuesta estrategia que no augura nada bueno. Lo que debe quedar claro es que, para definir la política de inversión, gasto y promoción del año siguiente, la inercia no es una opción, y menos en un país que se prepara para cambiar a sus principales líderes.
Septiembre no puede ser única ni principalmente el escenario para desvelar los secretos de los no menos misteriosos sondeos. Tiene que ser el momento de deliberar sobre las finanzas del Estado sometidas a la peor de las disciplinas ya una engañosa política de austeridad que ha lesionado espacios decisivos para la superación de un problema social, marcado por la miseria masiva y la aguda desigualdad; y empezar a dejar atrás un cuasi estancamiento económico que no ha hecho más que aumentar la informalidad y la marginación laboral, caldo de cultivo para los peores estados de ánimo.
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