vie. May 15th, 2026

Sí, hay un quinto malo. O sí puede haber.

Un presidente en México suele tener, en el penúltimo sexenio, el desafío previsible más complejo de su mandato.

La secuencia es un enredo por definición. El equipo está dividido, las ambiciones distraen a algunos y surge la amenaza y la realidad de los tiros bajos. Sobre todo si el oficialismo tiene viento favorable en las encuestas, como es el caso.

Así ha sido en todos los sexenios, presidencias priistas o no, y ahora conoceremos la forma pejista de tramitar una sucesión.

Hay un favorito pero las encuestas contarán. Y pasan los meses y en estos queda lo que parece ser una pareja: la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum y el canciller Marcelo Ebrard están cada uno a tiro de piedra de los medios.

A favor de la gobernante capitalina, cabe señalar que su imagen ha cambiado. Ahora está decidida, su ubicuidad mediática es permanente y todas las semanas hay noticias sobre ella, propias de un libro de texto, sobre cómo hacer una candidata, por ejemplo su boda. También hay anuncios en la CDMX de obras que se materializarán en estos meses. Y, es evidente, disfruta de un montón de gobernadorxs y figuras de Morena.

Para ganar visibilidad mediática, por su parte, el secretario de Relaciones Exteriores ha regresado a un campo en el que le está yendo bien. Visita la República y llena la agenda de intercambios o entrevistas con empresarios o personas interesantes o singulares. Lo mismo aprovecha el Mundial que unos tacos mexicanos en un país remoto. Es creíble y se siente cómodo. El escupitajo en la marcha se suma a ella en lugar de restarle. E incluso fue descubierto.

Plan C, término de moda, estará ahí en Bucareli, haciendo su peleita –a la espera de ganar la lotería– en las redes sociales, donde aparece con un perfil que lo presenta como “dedicado a la chamba”. Crece en las encuestas, pero aún no aprieta a los líderes.

Ni se rebaja ni se descarta, pero aún no se ha lanzado como ya lo han hecho Sheinbaum y Ebrard. En su caso, también tiene que cuidar que su ambición no aplaste la gobernabilidad.

Después de diciembre, el presidente López Obrador acelerará la presión para terminar el Tren Maya, proyectos viales y otras obras de infraestructura, incluidas clínicas y las llamadas Universidades del Bienestar. Será su prioridad.

Pero también redoblará la presión sobre los opositores y cualquier persona considerada adversario o que interfiere, según su criterio, en las posibilidades de que Morena retenga la presidencia o la mayoría en el Congreso en 2025. En esa línea, el Gobierno apoyará abiertamente a sus candidatos. en las elecciones en el Estado de México y en Coahuila. O sea, se viene más febrilidad de la actividad presidencial.

Sin embargo, será fundamentalmente el año de la sucesión, de poner a tono el movimiento, de decidir delfín(a), de operar para cuidar que los remanentes de los que pierdan “el grande” no generen altos costos, de evitar riesgos de ruptura.

En este último Ricardo Monreal representa la primera crisis del quinto año de AMLO. Su coqueteo con la oposición, si no es solo una nueva estratagema para encarecerse frente a Palacio Nacional, no puede durar mucho: la siempre delicada agenda legislativa se atascaría en el Senado si Morena no tiene claro de qué lado se coloca. Zacatecano está encendido.

Quinto año. La profesión política de Andrés Manuel será puesta a prueba. Parte de lo que más le interesa en la vida (su futura imagen de él en la historia) depende de que elija bien… y destape mejor.

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