
Se acabó la farsa. El prometido proceso de democratización con la creación de una nueva ley de ciencia y tecnología fue suplantado por la imposición y la incivilidad política. El compromiso de “escuchar todas las voces” fue ignorado y al cierre de la sesión ordinaria del Congreso, la nueva ley fue aprobada en uno de los procesos legislativos más desordenados que se recuerdan.
El resumen es que la noche del 26 de abril las comisiones mixtas de Ciencia y Tecnología y Educación de la Cámara de Diputados aprobaron la iniciativa presidencial; Pocas horas después, en la madrugada del 27 de abril, los diputados aprobaron el proyecto tal cual, sin siquiera discutir las diversas observaciones realizadas a lo largo del proceso; El 28 de abril, el Senado recibe el proyecto, pero la comisión no puede remitirlo al pleno porque no se alcanza el quórum; Para sortear el escollo, en una gravísima decisión, con la sola participación de los Senadores de Morena y sus aliados, se modifica la agenda para alterar la composición de la Comisión de Ciencia y Tecnología, incluyendo dos senadores más de Morena para que, llegando a esa quórum artificial, firma el dictamen que aprueba la ley. En la madrugada del 29 de abril, el pleno del Senado lo aprueba y lo remite al Poder Ejecutivo para su publicación. La historia desnuda, por sí sola, la seriedad de un proceso legislativo convertido en simulacro.
Ahora habrá que sumar, a las críticas y repudios por un contenido señalado por ProcienciaMx como centralista, autoritario y antidemocrático, un proceso concluido a espaldas de la comunidad científica del país, que fue “invitada” a participar en un parlamento abierto y luego cierre la puerta sin previo aviso.
Hay leyes que, eventualmente, pueden ser promulgadas sin la participación de sus destinatarios. Otros, en cambio, exigen que sus normas sean cotejadas, sopesadas, cuestionadas y corregidas antes de adquirir la condición de ser de aplicación general y obligatoria. En el caso de una ley de humanidades, ciencia y tecnología, era obligatorio escuchar a los que hacen ciencia, por el simple hecho de que un país que no escucha a sus expertos derrocha la mejor parte de su inteligencia.
No hay espacio para enumerar las principales amenazas que hoy se han convertido en ley vigente. Entre otros, la concentración de facultades en un Consejo Nacional (que reemplazará al Conacyt), con la participación de un Órgano Consultivo Interno para integrar, formular, conducir, ejecutar y evaluar la agenda y política nacional en la materia. Cabe destacar que tanto la Defensa Nacional como la Armada participan en la Junta de Gobierno.
La iniciativa no contempla mecanismos para promover la participación efectiva de las entidades federativas, instituciones educativas y de investigación, organizaciones sociales y otros actores en la elaboración de la agenda científica nacional. En los temas de desarrollo tecnológico e innovación, la ley imprime su sello ideológico. Por un lado, cediendo al Consejo Nacional la propiedad intelectual de cualquier obra o patente generada con financiamiento parcial o total y, por otro, cerrando canales de apoyo a empresas y estudiantes de instituciones privadas.
Tenemos una comunidad científica en el país con una voz sólida y articulada basada en la razón. Seguramente, este archivo no está cerrado.
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