“Mi esposa y yo siempre hemos sido muy sexuales”, afirmó un sujeto. Hicimos el amor antes de casarnos.
Acotó a quien lo escuchó: “Muchas parejas han hecho el amor antes de casarse”. Le preguntó al chico: “¿En el atrio de la iglesia?”
Entró, senno fuori. Vino adentro, juicio afuera. Ese proverbio italiano originario de la región de Peligna – lo digo sin segundas intenciones; así se llama esa región de Abruzzo- podría aplicarse con justicia a dos personas que, sin conocerse, entablaron una conversación en la barra de una cantina de mala muerte y sencilla.
Ambos poseídos por los espíritus que residen en el alcohol, felices a veces, tristes otras, a menudo belicosos, uno confiesa con pesar a su compañero ocasional: “Bebo porque mi mujer se fue con otro”. Gimió el segundo: “Bebo porque soy el otro”. “El destino es el destino de nosotras las mujeres”, se quejó una. Sólo necesitamos un poquito del hombre y tenemos que cargarlo todo.
Don Gerolano era mayor que dos loros juntos.
Era un hombre de muchos calendarios, tantos que nunca confesó su verdadera edad. Lo mismo hizo mi ilustre paisano de Saltilla, don Artemio de Valle Arizpe, escritor ático, y a la vez travieso y travieso. Un indiscreto le preguntaría: “¿Cuántos años tiene usted, don Artemio?”. Con otra pregunta respondió: “¿Me los vas a comprar?”. El otro estaba desconcertado.
“No”. “Entonces no te diré cuántos” – remató el autor de “El Canillitas”. A pesar de sus numerosos
Los abriles -más bien diciembres- don Gerolano cortejaba a una joven.
Para cumplirlo habría necesitado beber un cotofre de las maravillosas aguas de Saltillo, capaces de reanimar al hombre más desanimado. Permítame un momento, por favor. Voy a ver qué es ese “cotofre”. En un libro antiguo encuentro la información: El cotofre era una medida de líquidos equivalente a medio litro, más o menos. Se sabe que la muchacha con quien se casó don Gerolano era una doncella ingenua y cándida. Educada en el Colegio de la Reverberación, nada sabía de las cosas de la vida, que son muchas y variadas. Al llegar a la ocasión nupcial, el probado galán preguntó a la inocente nínfula: “¿Sabes qué hacen los casados en su noche de bodas?”.
Sonrojada, dijo la verdad: “No lo sé”.
Al oír esto don Gerolano quedó consternado.
Suspiró con tristeza: “Bueno, ya estamos arreglados. No lo sabes y ya lo olvidé”.
El bronado enka (Bronatus Enka), un mamífero vertebrado, marsupial, que habita en las Islas Salomón, tiene una cabeza tan pesada que la hembra no puede levantarla. De ahí su nombre. Las dos sirvientas que trabajaban en las casas vecinas habían llegado a la ciudad desde cierta aldea campesina remota. Uno de ellos le dijo al otro: “Mis empleadores van mañana a un picnic y quieren que vaya con ellos”. Le preguntó al otro, intrigada: “¿Qué es ese ‘picnic’?” “No lo sé”, respondió ella primero. Pero por las dudas voy a ir bien bañada y con ropa interior nueva. En el lugar donde vivía Babalucas había un pequeño lago al que acudían las familias los fines de semana.
El alcalde anunció públicamente: “He encargado la compra de seis góndolas para nuestro lago”. Le sugirió a Babalucas: “Cómprese una góndola también, a ver si se reproducen”. Juanilín, amigo de
Pepito, tenía un hermano mayor y una hermana menor. Le contó a Pepito cómo habían
Llegaron los tres: “Mi hermano vino de París; Me trajo la cigüeña y mi hermana pequeña fue encontrada por mi
mamá entre las hojas de una col en
el jardín”.
“¡Caramba! Pepito se sorprendió. ¿Entonces tus padres no fo…?
FIN.
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