jue. May 14th, 2026

Durante los últimos cuarenta años, el PIB per cápita de México creció a una tasa real anual promedio de 0.5 por ciento. El limitado desarrollo económico de largo plazo del país ha restringido las posibilidades de mejorar el nivel de vida promedio de la población.

El principal problema detrás de este desempeño no es la escasez de factores productivos, ya que el crecimiento económico ha estado impulsado principalmente por el aumento del trabajo y, en menor medida, de la inversión. El freno para un mayor avance material ha consistido en la baja eficiencia en el uso de estos factores, especialmente del más abundante, que es la mano de obra.

El PIB por habitante se puede visualizar, algebraicamente, como el resultado de multiplicar el PIB por trabajador, es decir, la productividad laboral, por la proporción de trabajadores en la población total. Mientras que el segundo componente se ha expandido significativamente gracias al “dividendo demográfico”, aunque, por la misma razón, en los últimos años a tasas decrecientes, el primero ha mostrado una tendencia negativa.

El INEGI publica índices de productividad laboral, calculados en base a horas trabajadas, para la economía, cada uno de los tres sectores y algunos subsectores. La información disponible desde 2005, desestacionalizada, revela que en el primer trimestre de 2023 la productividad laboral total fue 3,3 por ciento inferior a la observada dieciocho años antes.

Durante este período aumentó la productividad laboral en el sector primario y, en menor medida, en el sector terciario. La mejora productiva en el sector primario podría explicarse por la modernización de los métodos de producción y la migración de trabajadores a otras actividades, principalmente urbanas.

El aumento, aunque moderado, de la productividad laboral en el sector terciario contrasta con el hecho de que incluye servicios caracterizados como “informales”, aspecto comúnmente asociado con baja escala e ineficiencia. Por supuesto, se puede inferir que el aumento de la producción se basó en ciertos subsectores de gran dinamismo, que más que compensaron a los afectados por la informalidad.

Llama la atención que la reducción de la productividad global se debió exclusivamente a la persistente caída de la eficiencia laboral en el sector secundario. Como se sabe, este sector está compuesto por minería, electricidad, agua y gas, construcción y manufactura.

Durante el período de referencia, las industrias manufactureras incrementaron su productividad laboral en 11,3 por ciento, beneficiadas, entre otros aspectos, por la adopción de tecnología de punta, transferida gracias a la inversión extranjera directa, así como por la integración a la economía mundial.

El INEGI no publica información completa sobre la productividad laboral del resto de los subsectores secundarios. Sin embargo, dada la positiva evolución manufacturera, el desplome de la producción industrial implica que la contribución de estos segmentos debió ser negativa.

Tal deducción también es razonable si se toma en cuenta, entre otros hechos, que la estandarización y automatización en la industria de la construcción ha sido limitada, que la minería se ha visto afectada por la prolongada caída en la extracción de crudo, y que Pemex y CFE han mostrado insuficiencia métodos de gestión y poca flexibilidad laboral.

La descripción anterior sugiere que la escala no es necesariamente la razón principal de la improductividad laboral en México. La falta de competencia, evidente en el caso de las empresas estatales, y la ausencia de tecnología avanzada, evidente en la construcción, ilustran otros factores esenciales.

Por supuesto, un diagnóstico más completo de las causas inmediatas de la improductividad laboral incluiría, entre otros elementos, el bajo dinamismo de la inversión física de calidad y los decepcionantes resultados del sistema educativo, que limitan las perspectivas de aprovechamiento tecnológico y las capacidades de emprendimiento empresarial. .

Muchos países han logrado establecer condiciones heterogéneas, pero suficientemente favorables, para lograr altas y sostenidas tasas de expansión de la productividad, constituyendo “milagros económicos”. En varios casos, estas economías han pasado de la mediocridad e incluso de la pobreza real a los más altos estándares de bienestar.

México ha optado por quedarse atrás en la carrera por el progreso. En teoría, se sabe qué políticas obstruyen la prosperidad. La pregunta clave y más difícil es por qué no se han evitado. La respuesta parece estar en la falta de instituciones incluyentes que permitan el acceso del mayor número de personas a las posibilidades de mejora.

Manuel Sánchez González es exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía mexicana para desencantados (FCE 2006).

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