vie. Abr 24th, 2026

Cuando uno escucha que una marcha es como el reloj de arena que acaba el tiempo en cada movimiento, poco se entiende que el paso a paso, lado a lado que conforma buena parte de la nación, es mucho más que avenidas bulliciosas llenas de ciudadanos. . El hecho de llamar a las personas, ciudadanos, ya habla de un progreso que hay que defender en gran parte porque la expresión política es un derecho constitucional que enmarca un deber cívico a la hora de proteger la polis de millones de habitantes, el ágora es lo público. plaza y también el espacio digital.

La marcha del 26 de febrero no puede quedarse como una simple fecha en el calendario cívico, como la “resurrección de las clases medias” como muchos la han catalogado. Sabiendo que las grandes revoluciones y muchas de las mejores páginas de la historia universal han ocurrido con representantes de esa maltrecha clase que a la vez tiene varios subniveles, el pánico del hombre de Palacio es real. La polarización y una trasnochada “lucha de clases a la mexicana” han logrado, junto a los insultos de la primera magistratura a todo el que no piense como él, carcomer la convivencia social, bloquear el diálogo constructivo y poner en peligro lo establecido desde 1977 con la reforma política. ; apaciguar al México duro que en armas busca una transformación social. De la sierra al congreso, de la guerrilla urbana al partido político, de la hegemonía de un partido hegemónico a la pluralidad organizada y participativa, del sueño imposible de la alternancia presidencial a la norma en los tres órdenes de gobierno, del que siempre gana la competencia electoral de la incertidumbre por el resultado.

El error de los críticos de la marcha es personalizarla y poner consignas que ofenden y peor si vienen del poder. Sin un estadista que llame a la unidad, a la articulación de causas que apoyen el desarrollo pendiente, a la integración de las mejores fuerzas sociales, es que gran parte de la sociedad decide salir a la calle para ser escuchada.

Una de las virtudes de la democracia es el voto. En México la historia ha sido cuesta arriba, pero, incluyendo el viejo partido y todas las expresiones políticas, sumando la del poder, se fue moldeando un sistema electoral con más de un cuarto de siglo. Para un país con una desigualdad social tan abyecta y con un crisol de pluralidad política que no termina en blanco y negro, el voto se respeta y se cuenta, pero también es quizás la única referencia que nos iguala. El voto de Slim vale lo mismo que el voto del campesino de Zongolica. El tema no es menor, ni tampoco es una variopinta fórmula de colegios electorales donde gana el que menos votos tiene.

El poder contaminante del dinero del narco en las campañas, la pérdida del sentido histórico de todos los partidos políticos, la crisis de los cuadros políticos profesionales, la ausencia de un “nosotros como nación” y vernos en camino en el próximo medio siglo, la la brecha del poder federal frente a los estados y municipios, la crisis del Congreso de la Unión por la que han pasado miles y muy pocos tienen memoria de vocación política y humildad, es la otra marcha permanente por la que debemos luchar. Esos fantasmas nunca se irán, pero su existencia dependerá tanto de la luz democrática como del poder del voto como herramienta fundamental para premiar o destituir gobiernos.

El Zócalo es el corazón emblemático de México. Será también gráfico de vibrar por una democracia que no termine en elecciones ni en la destrucción de los apetitos autoritarios desde el poder.

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