mar. Abr 28th, 2026

Supongo que nadie se sorprenderá si propongo que la desaparición de nuestra idea de desarrollo es una parte importante del gran engaño en el que hemos caído. El desarrollo, que nos ha tocado aprender a un alto costo, involucra al Estado nacional, nuestras formas preferidas de gobierno y la democracia misma, que tanto tiempo y esfuerzo requirió convertirse en la lingua franca de la política y los políticos mexicanos desde fines del siglo XX. .

De hecho, no fueron pocos los que imaginaron que con su llegada vendrían otras virtudes. Que podríamos darle un giro a la absurda austeridad, impuesta por el secretario de Hacienda Gil Díaz, mientras, con el giro institucional hacia la democracia representativa, surgirían nuevas formas de trato entre capital y gobiernos. El balance podría ser positivo si ese soplo inaugural se llenara de políticas innovadoras con la mirada puesta en grandes y pequeñas visiones transformadoras, de las relaciones laborales en general, y también de aquellas mayoritariamente vinculadas a la distribución de los frutos de la recuperación del crecimiento y su conversión en una dinámica autosustentable. No en vano teníamos la llave para inscribirnos en la globalización emergente, asociada a la economía más grande y poderosa del mundo.

Esto no sucedió y aún estamos esperando que nos entreguen un balance robusto de lo que se ha hecho y lo que no se ha hecho, para tener ideas más certeras sobre una ruta probable que no nos lleve a tropezar con el misma piedra. Un error que, como sabemos, es un juego permanente de la especie y el panorama actual nos lo recuerda dolorosamente.

El actual gobierno no ha llevado a cabo este elemental y crucial ejercicio. Más bien ha reiterado con obstinación digna de mejores causas su fe austericida. Ha renunciado a cualquier esfuerzo, mínimamente coherente, que pretenda actualizar la política industrial. El expediente anunciado por el entonces secretario Clouthier rápidamente pasó a ser completamente anónimo y el Presidente se exhibió como un vendedor de tierra y agua, como si eso fuera suficiente para poner en marcha las energías nacionales en acuerdos de asociación e inversión a largo plazo.

Sin inversión, lo sabemos, se perderá la oportunidad que todavía parece virtuosa económicamente y para el mapa de actores, imprescindible para convertirse en una máquina productiva que nos devuelva la idea del desarrollo como transformación productiva, cambio social y aprendizaje democrático. . . Como afirman Prebisch y sus compañeros de la “Fantasía Organizada”.

Quizás, quienes aspiran a ser comisionados para una misión heroica, como la que se proponen en estos tiempos, logren liberarse del denigrante epíteto de “corcholatas” y comiencen a pensar por sí mismos. Entonces, si ocurriera tal milagro, recordarían el Estado y el desarrollo, lo vital que es recuperar y reconstruir una visión del mundo asociada al desarrollo como actividad y compromiso político e intelectual. El gobierno que los promueve no lo hizo, descartó la posibilidad.

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Metro

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