dom. Ago 9th, 2026

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía recordaría aquella tarde lejana en que su padre lo llevó a descubrir el hielo”. Así comienza la magnífica novela “Cien años de soledad” del escritor colombiano Gabriel García Márquez. En el pueblo de Macondo, donde la historia transcurre en un ambiente de realismo mágico, los gitanos traían cada año curiosidades de tierras lejanas, entre ellas el hielo, un objeto frío y desconocido en ese lugar de clima cálido, que dejaba perplejos a los habitantes.

La historia del hielo para uso alimentario se remonta a la antigüedad. Los primeros hombres y mujeres que vagaron por el mundo lo utilizaban en zonas frías para diversas actividades de la vida diaria. Además de consumir el agua obtenida al derretirla, descubrieron que era un extraordinario conservante de alimentos. Sus raíces se remontan alrededor del año 1000 a. C., cuando la civilización china descubrió cómo cortarlo en bloques que se formaban en los arroyos congelados y usarlo como medio de conservación.

En el siglo V a. C., tanto los antiguos griegos como los romanos se refrescaban con nieve, que aromatizaban con miel o jugos de frutas. Se sabe que Alejandro Magno construyó el primer frigorífico y disfrutaba de la leche congelada endulzada con miel y vino. En Europa, un continente que ve inviernos fríos y abundancia de hielo, se han descubierto numerosas construcciones subterráneas relacionadas con su almacenamiento.

En cuanto a México, existen leyendas populares que hacen referencia a la supuesta tradición de traer nieve del Popocatépetl para el emperador Moctezuma. Sin embargo, estas historias no tienen ningún registro histórico en códices o material de la época.

Siguiendo el modelo de grandes pozos subterráneos de estilo europeo, los primeros sistemas en los Estados Unidos se establecieron en el siglo XVII. El hielo se cortó de los estanques y se almacenó en pozos durante el invierno, a veces durando hasta fines del verano.

Antes de la invención de las máquinas de hielo, en 1806, un visionario estadounidense llamado Frederic Tudor, originario de Boston, decidió hacer fortuna vendiendo hielo a personas que vivían en climas tropicales. Compró un bergantín y lo llevó primero a la colonia francesa de Martinica, donde podría usarse para enfriar bebidas, conservar alimentos y calmar a los pacientes con fiebre amarilla, ayudando a reducir sus altas temperaturas corporales.

En ese año, se fue con 130 toneladas de bloques de hielo de un estanque familiar. Aunque la mayor parte sobrevivió al viaje de tres semanas envuelto en heno, se derritió rápidamente en Martinica debido a la falta de almacenamiento adecuado. Tudor perdió cuatro mil dólares. Luego trató de llevarlo a La Habana, pero nuevamente fracasó. A pesar de las pérdidas acumuladas, aprendió de sus errores y se aseguró de que se construyeran instalaciones de espera en los puertos a los que llegó. Descubrió que el aserrín era más eficaz que el heno para evitar que se derritiera. Logró ser proveedora en La Habana y Jamaica, además de los estados del sur de la Unión Americana.

En 1833, Tudor emprendió una hazaña que creía imposible: enviar hielo en un viaje de 16,000 millas desde Boston a Calcuta. A pesar de viajar durante cuatro meses en el mar, llegaron a la India aproximadamente 180 toneladas en perfectas condiciones. Esta sustancia sólida y cristalina que se forma cuando el agua se enfría por debajo de su punto de congelación, que es de 0 °C (32 °F), originaria de Nueva Inglaterra, causó sensación en el país, y los habitantes solicitaron la construcción de un embalse para preservarla.

El visionario demostró que era posible producir y suministrar con éxito los bloques naturales a cualquier parte del mundo. Hubo un auge en el comercio del hielo y Tudor se convirtió en un magnate de los negocios. India fue el destino más rentable. Para 1856, sus barcos transportaban casi 150.000 toneladas al año desde Boston a 43 países, una odisea que también lo llevó a lugares tan lejanos como Singapur y Australia.

Luego vinieron los avances derivados de la Revolución Industrial, entre ellos la producción de hielo artificial. En 1851, el médico e inventor estadounidense John Gorrie creó una máquina que usaba compresión mecánica para enfriar el aire y generar hielo. Su objetivo inicial era enfriar los hospitales, brindando alivio a los pacientes afectados por enfermedades tropicales.

Fue entonces cuando una nueva era comenzó a refrescar el mundo.

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