
Óscar Mario Beteta
Mucho se ha hablado de la necesidad de un divorcio institucional entre los presidentes de la República y sus respectivos partidos, pero nunca se ha hablado de la separación del partido que los llevó al poder y de los gobernadores y gobernadoras.
Hay que decirlo: los gobernantes se sienten cobijados por sus respectivos cuerpos políticos, que en la batalla actúan como frentes de los representantes electos y los apoyan a toda costa, incluso contra la razón y el sentido común.
Los ejemplos abundan, pero al final el meollo del asunto es la impunidad. Y es que los gobernadores y gobernadoras se sienten intocables y protegidos por una estructura partidista dispuesta a movilizarse y poner sobre el hombro a sus correligionarios, sin importar que sean eficientes o incluso que hayan cometido algún acto ilegal.
Una forma de medir la eficiencia de los gobiernos es si cumplen o no su compromiso con la seguridad. En última instancia, el origen del contrato social se basa en la necesidad de que los ciudadanos se sientan seguros y protegidos por el Estado.
Sin embargo eso no sucede. Al menos no en nuestro México, donde están en el poder 23 gobernadores de Morena, pero se distancian de sus principales compromisos y obligaciones con sus gobernados.
Históricamente, la salida fácil ha sido tirarle la pelota al gobierno federal. Pero los líderes y lideresas locales tienen gran parte de la responsabilidad en la búsqueda de un país más seguro para todos.
De ellos dependen las fuerzas estatales y fuerzas municipales, que son el primer contacto para tratar de controlar la violencia, las cuales nunca están obligadas a actuar con toda la fuerza del Estado.
Sus fuerzas de seguridad en la mayoría de los casos y con muy pocas excepciones –como Querétaro, Yucatán, Puebla, Ciudad de México e Hidalgo– se superan o coluden con el crimen organizado.
Sería obligación legal y moral de los partidos políticos exigirles el cumplimiento de todas sus obligaciones o removerlas con los mecanismos legales y constitucionales a su alcance.
Depender exclusivamente del gobierno federal y evadir su responsabilidad es una fórmula que les funciona por el simple hecho de que tienen de su lado a sus respectivos partidos dispuestos a defenderlos.
Lo anterior también obligaría a los partidos a establecer filtros más severos para evaluar a sus candidatos antes de ofrecerles su plataforma para competir por un puesto de representación popular.
El presidente Andrés Manuel López Obrador marcó un hito al promover la revocación de su mandato y someterse al escrutinio popular para concluir anticipadamente su Presidencia si la ciudadanía pierde la confianza en él.
En este ejercicio realizado en abril de 2022, de las 16.502.636 personas que participaron, 15.159.323 decidieron continuar.
Dada la crisis de seguridad que vive el país, los partidos políticos deberían ser los más preocupados por intentar mantener su credibilidad, aunque para ello tuvieran que dejar de albergar personajes corruptos, inexpertos e incompetentes.
La pelota cae no solo en el campo de los partidos, sino también en los Congresos locales, que generalmente bailan al son del gobernante de turno. Ahora que Morena tiene casi el 80 por ciento del país, debería seguir el ejemplo del presidente e impulsar leyes locales de revocatoria para destituir a los gobernantes si no cumplen metas y expectativas, si cometen fraude o si están vinculados a delitos que los obligarían a enfrentar la justicia.
Se le quitaría mucha presión al Ejecutivo, al gobierno federal, a las Fuerzas Armadas y a la Guardia Nacional si los legisladores locales y todos los partidos políticos pusieran de su parte para exigir el divorcio a los mandatarios estatales luego de haberse casado con quienes los traicionan o no cumplen con sus obligaciones.
SOTTO VOCE
Nos dicen que contra la precandidata del Frente Amplio por México, Xóchitl Gálvez, se vienen cosas peores. Por si no fuera suficiente el acoso del que está siendo víctima en redes, nos cuentan que ya se prepara un bombardeo con la intención de descarrilar sus aspiraciones.
El rescate del náufrago australiano Timothy Shaddock en aguas mexicanas quedó fuera de una película. Y en esta epopeya quieren montar el Instituto Nacional de Migración, destacando la atención al marinero perdido, luego de que un atunero de una empresa privada lo rescatara en alta mar. Lamentablemente, el INM, y su titular Francisco Garduño, quieren colgar la medalla sin que hasta el momento se hayan responsabilizado de la espantosa muerte de 40 migrantes en el recinto migratorio de Ciudad Juárez. No podría haber mejor ejemplo de cinismo, arrogancia y audacia. Nos dicen que lo que busca Garduño es ir a San Lázaro en 2024 a recibir inmunidad.
Esta semana nos horrorizó ver un video en el que un padre y una madre intimidan y golpean a una maestra en un jardín de infantes. El hecho reprochable en sí mismo prueba una vez más la profunda descomposición en la relación entre padres y maestros, donde prevalecen la prepotencia, el distanciamiento, la poca empatía, la violencia, el desconocimiento y la falta de respeto.
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