vie. Jun 12th, 2026

Deslumbrados por el juego de la sucesión presidencial, el cerco a la Universidad Nacional pasa desapercibido. El asunto es delicado porque, en breve, ese importante centro de estudios entrará en ebullición por su propia sucesión en la rectoría.

Este acoso no es reciente, pero ahora se intensifica e incluye no solo las acusaciones contra el rector Enrique Graue, sino también contra el gobierno de la Universidad, el sentido de su función e incluso sus instalaciones. Y, aunque no han faltado voces de alerta advirtiendo sobre el caldo de cultivo que se está cocinando y las consecuencias que, en un descuido, podría acarrear, es mejor no perder de vista lo que está pasando.

El cerco se ha presentado con diversos motivos y disfraces, pero ahora detrás de ellos aparece la toga de la ministra Yazmín Esquivel quien, por los indicios, carece de título para lucirla y más aún para exaltarla. Con esto no queremos culpar a tan lamentable personaje del atentado contra la Universidad, sino a los que están furiosos con la universidad por no ajustarse a los dictados en boga y por no ser cómplice y avalar un nombramiento que, como dicho, al parecer no cumple con los requisitos.

Por supuesto que la Universidad tiene problemas, pero convertirlos en una crisis es una temeridad.

En el ya muy remoto diciembre de 2018 hubo un detalle –visto de buena fe– que llamó la atención.

Al presentar la iniciativa de reforma educativa, supuestamente por accidente, se perdió la palabra “autonomía” al referirse a las universidades. El entonces secretario de Educación, Esteban Moctezuma, salió a la palestra: “Cuando se envía la iniciativa, pasa por varios lugares y finalmente se publica en la Gaceta; parece que, al traducir el texto de un formato a otro en alguna computadora, hubo un error y se aclaró de inmediato; Es absurdo pensar que habrá algo relacionado con la autonomía, porque es uno de los grandes logros no solo de las universidades sino del derecho mexicano”. Así fue el asunto, pero el supuesto gazapo dejó un regusto amargo.

Luego, en febrero de 2020, llegó una de esas propuestas que, en Morena, nunca se sabe si son producto de una tontería, una sentida convicción, las ganas de quedar bien con el líder o el cumplimiento de una indicación sin revelar quién la dio. . El entonces diputado Miguel Ángel Jáuregui presentó una iniciativa de reforma a la Ley Orgánica de la UNAM que establece la elección del rector y demás autoridades universitarias mediante el voto directo y universal de la comunidad. Iniciativa que, según nota 4435 de la Cámara de Diputados, el propio legislador retiró a finales de ese mismo mes, llamando a debate sobre el gobierno de la Universidad.

Posteriormente, particularmente en octubre de 2021, el propio Presidente de la República criticó duramente a la Universidad. A su juicio, el centro de estudios había perdido su esencia, se había girado hacia la derecha y promovido valores individualistas, así como principios neoliberales. La UNAM estaba, entonces, al servicio del conservadurismo. Las reacciones no se hicieron esperar y, hacia fines de ese mes, el rector matizó su postura y expresó respeto por la autonomía universitaria. El dicho, sin embargo, se quedó ahí.

Finalmente, recién en marzo pasado, el diputado de Morena, Armando Contreras Castillo, recicló la iniciativa de su correligionario Miguel Ángel Jáuregui proponiendo, una vez más, elegir a las autoridades de la Universidad por voto directo, secreto y universal, dado que -según a su juicio– la Junta de Gobierno se ha convertido en un factor de inmovilidad política.

Dichos dichos y proyectos parecen más una cadena de intenciones que una serie de desafortunadas coincidencias.

El cerco a la Universidad se intensificó a raíz del nombramiento del ministro que, según los indicios, plagió una tesis de licenciatura en derecho y, por tanto, incumple con los requisitos para llevar toga y birrete. El afán del personaje por aferrarse al sillón que aún hoy ocupa en la Corte ha hecho que se señale una y otra vez a la Universidad como la razón por la cual no se acomoda cómodamente en su sillón y despacha los asuntos judiciales con un mínimo de autoridad y credibilidad.

Así, a lo largo del año, la hostilidad hacia la Universidad y el rector ha sido una constante. El propio presidente López Obrador ha calificado a Enrique Graue de Poncio Pilatos o se ha burlado de él por recibir medallas, al tiempo que ha señalado que como Poder Judicial hay que reformar “nuestra alma mater”, mientras su gobierno retiraba las becas de manutención Elisa Acuña. Asimismo, en ambas ocasiones, grupos encapuchados han atacado la torre del rectorado o la biblioteca central. Y, por supuesto, la Audiencia local se ha puesto al servicio del ministro intentando silenciar e inhabilitar a la Universidad. Y, ahora, anteayer, las autoridades académicas de la UNAM han denunciado “la campaña de mentiras y calumnias emprendida desde espacios informativos de dudosa ética profesional” que pretende afectar el prestigio de la institución y la honra del rector Enrique Graue.

Cierto, la Universidad Nacional llama a reformar y revisar la distribución de su gasto, pero si eso es lo que pretende el gobierno, vuelve a fallar en la forma, el tono y el momento, y más si el motor de tal idea es asegurar al ministro en su cargo. Cierto, el rectorado de Enrique Graue no ha sido de los mejores, pero hay una distancia de eso a debilitarlo por no ser cómplice de un capricho.

Igualar el juego de sucesión de la Presidencia de la República con el de la rectoría de la Universidad, puede terminar generando una crisis. Es mejor advertirlo.

Pronto

Evidentemente, hoy toca descansar el comentario sobre el presunto ministro.

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