jue. Abr 9th, 2026

López Obrador ha concentrado en su persona todo el poder posible. Para ello, ha debilitado gravemente al Estado, tanto a través de una ya muy deficiente administración pública, como a través de la destrucción de los órganos autónomos, la asignación de tareas inadecuadas a las Fuerzas Armadas, la subordinación del Congreso y la imposición de inútiles gobernadores, cuando no sean claramente peligrosos.

Todos los empresarios que atienden sectores en los que hay regulación especial son testigos de primera mano del colapso de la gestión pública: en energía, transporte, salud, educación, todo es ahora más difícil, menos seguro, más caro.

Si ha requerido atención en una institución de salud pública, ha podido comprobar el deterioro. Si has tenido que viajar por el aeropuerto de la Ciudad de México, lo mismo. Si has modificado tus traslados entre ciudades de alguna forma, para evitar un ataque o robo, te confirmará lo que te digo. Si nada de esto te ha pasado, lo más probable es que ya hayas tenido un desmayo. No debe sorprenderles, porque la inversión pública, en este sexenio, es la más baja de la historia. En pesos constantes, similar a lo que pudo ejercer el gobierno de Zedillo; en proporción al tamaño de la economía, es menor.

Desde que el concentrador de poder decidió impulsar algunos proyectos faraónicos, el poco dinero disponible se ha ido para allá, de tal manera que ni siquiera ha sido posible mantener lo que ya teníamos y mucho menos mejorarlo.

El deterioro de los servicios que brinda el gobierno abarca todo el espectro, incluida la seguridad ciudadana. Precisamente por eso se ha vuelto difícil transitar por carretera, pues ya no patrullan ni siquiera las carreteras que llegan a la capital del país. Creo que ahora estamos en condiciones de considerar que prácticamente todo el Pacífico ha dejado de estar controlado por el Estado mexicano, especialmente Michoacán, Colima, Guerrero, pero también Sonora.

El legado es muy claro, en cuanto a la capacidad del Estado: la peor situación en más de un siglo. No es sólo una crisis financiera, como la de 1982 o 1995, por muy profundas que hayan sido. Ahora se dan desabastecimientos en todo, como dijimos.

Pero hay algo que creo que no hemos considerado y que requiere atención. ¿La concentración de poder se da en la figura presidencial o en la persona de López Obrador? Como la destrucción institucional no ha ido acompañada de mayores poderes al jefe del Ejecutivo, me parece que quien ocupe ese cargo no heredará el poder. Tendrá que hacer frente a las carencias que mencionamos, pero no tendrá las herramientas para ello. Podemos suponer que las Fuerzas Armadas, como ha sucedido en un siglo, obedecerán al nuevo comandante en jefe, pero serán las únicas. En el resto de la administración, hay muy pocos con conocimientos y experiencia, por lo que será muy difícil volver a hacer operativa la gestión. Recibirán cofres vacíos, con compromisos muy considerables.

López Obrador, en lo personal, mantendrá la lealtad de una veintena de gobernadores, de la práctica totalidad de los legisladores de Morena, y de miles de Servidores de la Nación. Tampoco creo que su asociación con su lado oscuro termine con su período. Si no logra imponer a su sucesor, perderá gran parte de esa fuerza al agotarse sus recursos, pero eso no sucederá de inmediato.

Por todo lo anterior, me parece un error asumir que lo que estamos viviendo es una suerte de regreso al viejo PRI. Lo que se ha fortalecido no es la Presidencia, sino López Obrador, personalmente. Quizás el más cercano a esto fue Plutarco Elías Calles, una vez muerto Obregón, pero ya habíamos comentado que, más que recrear el régimen de la Revolución, López Obrador apuesta por el caudillismo personal. Es un animal muy diferente.

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