mié. May 13th, 2026

Durante el primer trimestre de 2023, la economía mexicana continuó con la fase de recuperación iniciada en la segunda mitad de 2020. Con cifras desestacionalizadas, el PBI aumentó 1.0 por ciento en comparación con el trimestre inmediatamente anterior. En su composición, el sector más dinámico fue el de servicios, que representa casi dos tercios del PIB, seguido de la industria, cuyo peso asciende a más de una cuarta parte del PIB.

El reciente dinamismo de la producción y sus componentes supone un notable impulso a corto plazo para la economía. El crecimiento trimestral del PIB superó al de los dos trimestres anteriores, mientras que el de servicios fue el más alto desde el tercer trimestre de 2020.

Sin desconocer el vigor que reflejan estas tasas de variación, conviene asociarlas al nivel que ha alcanzado la actividad económica. Desde una perspectiva a mediano plazo, esta medida está lejos de ser estelar. Específicamente, el PIB en el primer trimestre de 2023 fue solo 1.1 más alto que 18 trimestres antes.

Cabe recordar que, a partir del cuarto trimestre de 2018, la economía inició una tendencia a la baja, que se agravó en el segundo trimestre de 2020, con el desplome derivado del brote de Covid-19.

El nivel relativamente bajo de actividad económica muestra que el repunte del PIB desde la pandemia ha sido lento y, sobre todo, débil en general. La implicación del estancamiento productivo de los últimos cuatro años en el bienestar de la población es decepcionante, ya que se ha traducido en una reducción considerable de la renta media por habitante.

Por componentes, la reactivación del PIB desde la pandemia se ha sustentado principalmente en los servicios, cuyo nivel en el primer trimestre de 2023 se situó ligeramente por encima del nivel máximo previo a la pandemia.

Sin embargo, el nivel registrado por la industria continuó siendo inferior al de cuatro años antes. Esto último se produjo a pesar del fortalecimiento de la producción manufacturera, en gran medida, gracias a la recuperación económica mundial y, en especial, la de Estados Unidos, a través de la pujanza del comercio exterior.

La producción no manufacturera ha representado durante mucho tiempo una carga para el mejoramiento industrial de México. En particular, su componente más importante, la construcción, mantiene niveles muy por debajo de los de 2018. Esta debilidad ayuda a explicar por qué la inversión privada ha sido el componente rezagado de la demanda agregada. Los niveles de inversión privada, inferiores a los de hace cuatro años, restringen las posibilidades de un crecimiento prolongado.

La discusión anterior sugiere precaución sobre la sobrestimación de una o dos cifras de crecimiento extraordinario del producto. En particular, conviene evitar al menos tres peligros básicos que suelen presentarse cuando prevalece una visión de corto plazo.

La primera es aritmética y consiste en ignorar la base de comparación. La caída del PIB en el segundo trimestre de 2020 fue tan profunda que se necesitan tasas de crecimiento sustanciales para corregirla. El dinamismo del PIB en el primer trimestre de 2023 es parte de esta restitución, pero es difícil cambiar la tendencia de mediano plazo.

El segundo radica en preparar evaluaciones positivas del desempeño económico porque, junto con el dinamismo productivo reciente, México es visto como un “refugio financiero” atractivo en comparación con otros países de la región. Estas consideraciones pueden revelar oportunidades de rentabilidad financiera, pero no una mejora en la trayectoria absoluta de la economía.

La tercera radica en interpretar prematuramente los datos del PIB como una demostración de que las expectativas de mejora estructural empiezan a materializarse. El factor de optimismo más popular es el fenómeno multicitado de la “deslocalización”, que se ha convertido en una virtual panacea para el progreso, que ignora los posibles costos comerciales derivados de su origen proteccionista, a pesar de que, hasta el momento, no existe evidencia clara de su existencia en México.

El problema de peligros como los mencionados radica en el riesgo de caer en la autocomplacencia en materia de política económica. La prosperidad nacional depende de una alta expansión económica continua, no de recuperaciones cíclicas que son necesariamente de corta duración.

En estos términos, el punto de referencia deberían ser las crecientes economías “campeonas”, no los países atrasados, que permiten el espejismo de la superioridad. Para acortar el rezago, México requiere un marco de política económica favorable y consistente, que incluya aspectos como un sólido estado de derecho, reglas de juego estables y una amplia apertura a la inversión.

Ex Vicegobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006)

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