sáb. Jun 20th, 2026

Sin pensarlo, sin proponérselo, sin siquiera planearlo, la situación y los exabruptos presidenciales lo colocaron en una posición que podría trascender en la historia.

La anticipada derrota de la reforma constitucional en materia electoral, enviada por el presidente, llevó al gobierno a través de su desvencijada Secretaría de Gobernación, a realizar una de las tareas más vergonzosas en materia legislativa.

Adán Augusto compareció este martes en la Cámara de Diputados, consciente del fracaso que obtendría la iniciativa presidencial, para presentar lo que hemos conocido como Plan B.

Una iniciativa improvisada, precipitada, con artículos repetidos, capítulos duplicados y hasta faltas de ortografía, para modificar las leyes secundarias que regulan la conformación y estructura del Instituto Nacional Electoral (INE).

La prisa es genial. AMLO quiere mandar un mensaje de que nadie lo vence, el único. Nada que “al INE no se le toque”. Con un cinismo excepcional, el propio presidente acompañó la ignominiosa visita de su secretario a San Lázaro, con el desafiante “el INE sí se toca, claro que sí”, porque yo lo digo.

Los cientos de miles de ciudadanos que marcharon en 60 ciudades del país para exigir, para exigir que el INE se mantenga inmutable ante los intentos presidenciales ofensivos, por descarrilar a la autoridad electoral más confiable, creíble y transparente en la historia de México, No importa.

El presidente no escucha, no presta atención al considerar que sus arrebatos electorales, para controlar el sistema para las próximas décadas, registran un alto nivel de desaprobación y rechazo.

AMLO blinda su decisión en dos sondeos que sostienen que el INE y nuestra democracia son muy caros y deberían abaratarse. Este argumento maniqueo y engañoso, así presentado al público, provoca una amplia respuesta afirmativa. Pero nadie preguntó a los encuestados si estarían de acuerdo en desmantelar el INE para ahorrar dinero. Eso seguramente obtendría una respuesta negativa.

Pero el tema es que los ilustres diputados de Morena, Verde y PT —las rémoras oficialistas— aprobaron en vía rápida Plan B. Sin siquiera leerlo. Conducta legislativa abyecta e indignante que renuncia a su función esencial: representar al pueblo de México, no al presidente ni a los partidos que lo postularon.

Los diputados del bloque de gobierno aprobaron sin debate, revisión y análisis, iniciativa que debilita significativamente el funcionamiento del Instituto.

Ya no elimina a los asesores —como pretendía la iniciativa constitucional— sino que reduce el número de miembros de mesa, la secretaría general del Instituto, órgano encargado de organizar, supervisar y capacitar a los funcionarios.

Las elecciones en México han sido eficientes y transparentes durante 25 años, gracias a la participación ciudadana colectiva, calificada y capacitada por el INE, para desempeñarse como inspectores, revisores, contrapesos de posibles abusos y excesos.

El Plan B del presidente destruye por completo esa estructura y vuelve a mecanismos de fácil control político por parte del gobierno o de los partidos. Un revés histórico para la democracia mexicana.

Pero resulta que todavía hay esperanza. No en los diputados —hay que decir que todos los de la oposición votaron en contra, pero para esta iniciativa sólo se necesitaba mayoría simple— sino en los senadores.

Ricardo Monreal, líder de Morena en el Senado, afirmó que no van a atropellar el proceso legislativo de revisión y análisis a fondo: se escuchará a todas las partes.

La historia sitúa a Monreal como el dique contra el atropello presidencial, le asigna un papel heroico por salvar un proceso electoral que ha permitido miles (más de dos mil) de transiciones pacíficas entre partidos en todos los niveles de gobierno durante más de 25 años. años.

El plan B no puede suceder. No se puede aprobar, porque desmantela la estructura que garantiza la transparencia y equidad de nuestras elecciones.

Sin funcionarios electorales, sin un servicio civil de carrera en materia electoral, volveremos a los centros de votación destrozados por los partidos, al “ratón loco”, a la “urna embarazada” y tantas vergonzosas operaciones de nuestro pasado electoral.

El senador Monreal está en su propia ruta política para evaluar su permanencia en Morena, o buscar caminos alternativos fuera del abrumador oficialismo. Así fue la votación de la noche del martes en la Cámara de Diputados: sin debate, sin análisis, sin lectura de la iniciativa: la mandó el presidente, y se votó automáticamente. Los peores recuerdos de la aplanadora priísta, reproducidos hoy por Morena y sus abyectos aliados.

Ricardo Monreal tiene ante sí la responsabilidad histórica de detener una monstruosidad legislativa, aprobada en vía rápida por los diputados, y servir de escudo contra la destrucción de la autoridad electoral.

Sin árbitro neutral, sin autoridad electoral autónoma y sin sometimiento al Ejecutivo, la democracia mexicana queda reducida a la voluntad del caudillo.

Ha dicho muchas veces que no “enfrentará al presidente”, tal vez don Ricardo haya llegado el momento de hacerlo para frenar el secuestro del eficiente, profesional y respetado aparato electoral mexicano. ¿Será el senador Monreal el héroe de la democracia mexicana?

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Metro

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