mié. Jun 24th, 2026

La relación de Morena con los grupos criminales del país nos lleva a un proceso electoral enmarcado por la violencia y el desgobierno.

El presidente tiene el poder, pero perdió el control.

Él tiene el poder y eso es suficiente para meter preso a cualquiera que diga el dedo, excepto a los grupos armados.

Jugó con fuego y prendió fuego al país.

El ejemplo de abrazarse con los cárteles se replicó en su partido, que cruzó la línea roja: estableció una relación de servicios mutuos con los más siniestros grupos criminales.

A López Obrador no le importa el charco de sangre y fuego que se expande en el país que gobierna.

Cientos de candidatos, precandidatos y autoridades opositoras fueron asesinados o secuestrados por grupos criminales en las elecciones intermedias. Otros optaron por descargar la elección.

¿Dónde están las investigaciones?

¿Dónde están los expedientes de cada caso?

¿Qué pasó con el secuestro de opositores previo a la elección de gobernador en Sinaloa?

Su preocupación es Xóchitl. Y le angustia que se le acabe el tiempo sin haber consumado la destrucción de sus enemigos que, con nombres y apellidos, menciona casi a diario.

Las conferencias matutinas están dedicadas al chisme. A la denigración de los periodistas. Para sembrar calumnias y mentiras.

Que pena por el presidente.

Tiene en la mira a Xóchitl Gálvez, precandidata opositora: la caricaturizó como vendedora de tamales y empezó a imitar sus gritos: “Tamaleeeees, a los riiiicos tamaaaales”.

Ofende no solo a la senadora por Hidalgo, sino a millones de mujeres que venden o han vendido tamales y jaleas para ganarse la vida.

Está obsesionado con Xóchitl porque no ha podido con ella. A cada ofensa presidencial responde sin odio, con dignidad, y lo pone en la lona.

Al presidente descontrolado, Xóchitl Gálvez le responde sin enfado y lo baña en su propia sopa de chocolate:

Vender tamales “es una forma honesta de ganarse la vida y mucho mejor que dar atole con el dedo todas las mañanas”, respondió. Al suelo López Obrador.

Al país que se incendia no le importa el presidente. Suyo es el insulto a quienes considera adversarios políticos.

¡Ay! Pero el Chapo Guzmán habla de ti.

Al ejido de la familia del capo del Cártel de Sinaloa acudió un par de veces -y sin prensa- a comer tacos con allegados de “Mr. Guzmán”.

No sorprende que veamos imágenes de la alcaldesa de Chilpancingo, la capital de Guerrero, en un restaurante con líderes de un grupo criminal.

Se ve a los capos armados llegando a la reunión en el restaurante La Cabañita y sentándose con la alcaldesa y su esposo a conversar.

Tras negarlo, admitió la reunión y dijo que no era para acordar nada. (Los Ardillos disputan el control de Chilpancingo con el cártel de Los Tlacos).

Si no era para ponerse de acuerdo en nada, ¿era para socializar?

La respuesta a esa convivencia llegó la semana pasada.

Los Ardillo dejaron siete cuerpos humanos descuartizados en Chilpancingo con un mensaje para la alcaldesa: “Saludos presidenta Norma Otilia, sigo esperando el segundo desayuno que me prometió después de venir a buscarme”.

Durante el fin de semana, más incendios, balazos y asesinatos en Chilpancingo y Acapulco. ¿Y el alcalde? Fiesta en el puerto.

Guerrero está en esas manos, que se han fortalecido con la llegada al gobierno de la hija de Félix Salgado Macedonio.

Lo mismo en Chiapas. Allí, el Cártel Jalisco Nueva Generación secuestró, humilló y grabó en video a una docena de empleados públicos para exigirle al gobierno mano dura con los funcionarios que trabajan para su rival, el Cártel de Sinaloa.

¿Algún arresto? Nada. Nadie.

Los hechos prueban a quienes sostienen que los cárteles de la droga y otros grupos criminales son el brazo armado de la derecha de Morena.

El Presidente se involucra en la grilla de precampaña e intrigas contra los medios y periodistas que le resultan desagradables.

¿Cuántos grupos criminales hay en Michoacán? Proliferan y matan sin que el gobierno federal tome el control, porque está desbordado.

El asesinato de Hipólito Mora se realizó a mil balazos. Todos sabían que lo iban a matar. ¿Qué hizo el presidente? Una fiesta para celebrar cinco años de su triunfo electoral de 2018.

“Tendría que ser un día de luto y no de fiesta”, le dijo el obispo de Apatzingán, Ascencio García.

López Obrador le respondió con una de sus calumnias favoritas, que está al servicio de los poderosos, de la oligarquía, etc.

Escuché la entrevista que Joaquín López-Dóriga le dio al obispo y su humildad, decencia e integridad fueron conmovedoras:

“Invito a mi presidente que nos gusta acompañarlo un rato… un mes con un servidor, que me acompañe, visible o invisible, para que vea con quién vivo, a quién le dedico mi tiempo”.

La manga ancha a las organizaciones criminales las empoderó. Si el gobierno quiere reaccionar, no puede: su partido, Morena, está comprometido con ellos en gran parte del país.

En el noroeste del país hubo un operativo antidrogas en las elecciones intermedias. En Tamaulipas secuestraron y liberaron al Secretario de Gobierno.

Coches bomba en Guanajuato y Jalisco, como en Colombia en los años 80 y 90.

¿Qué podemos esperar, entonces, para los siguientes meses en la nación?

Más fuera de control, más violencia. El presidente está obsesionado con detener a Xóchitl y destruir a los adversarios políticos antes de que termine su mandato y deba ir a la finca de Palenque.

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Metro

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