
Director de México Evalúa
Trato de recordar si en algún momento de su interminable campaña política López Obrador nos prometió democracia. Fox lo hizo, a su manera. Habría que preguntarle a mi amigo Luis Espino, que se ha dedicado a estudiar el discurso del presidente, si hay tiras narrativas, momentos, en los que se nos ha presentado como demócrata. creo que nunca Entonces, aquellos que votaron por él no deberían estar decepcionados de que ni siquiera se acerque a un demócrata. El presidente es una persona profundamente antiliberal, que no tiene un ápice de respeto por la libertad de elección —componente esencial de la dignidad de las personas—, por los controles del poder para evitar su abuso, por el conocimiento como punto de partida para hacer política pública, por los elementos básicos que hacen exitoso a un gobierno, como el fortalecimiento de las instituciones del Estado.
Eso sí: es magistral en recoger las frustraciones de lo que no logró la promesa liberal. Y el recuento de daños es enorme. Por ahora, baste decir que no logramos construir gobiernos que ofrecieran resultados para la gente; más bien perpetuamos los privilegios de lo habitual, especialmente en lo que se refiere al acceso al poder. Pero seamos claros: el presidente nunca se presentó como demócrata, y los que hoy resienten su ataque a las instituciones democráticas no deben decir sorprendidos. Quizás les gustó el espíritu justiciero del presidente, su deseo manifiesto de ir contra los ‘poderosos’, la forma en que accedió a estar harto del statu quo… pero por ser demócrata no lo eligieron, ¿no?
Su asalto al INE ha sido finamente construido. Ha escogido cuidadosamente sus argumentos contra el Instituto para llevar la discusión al campo en el que sabe jugar. ¿Y si “la reforma aprobada sólo tocaría la dorada burocracia del INE” (El dia, del mismo ayer); que si el INE es el autor de los fraudes, que (son) “los que ponen en riesgo la elección”. (Forbes, 26 de enero). Al inaugurar el pleno de diputados de Morena, el secretario de Gobernación transmitió el mensaje del presidente: pidió a los diputados que este año se dediquen a “hacer mucha política en el territorio”, y eso, aun cuando lo acusan de campaña anticipada actos, también cree “que es hora de bajar para consolidar” el movimiento.
El ‘Plan B’ en materia electoral es el golpe al Instituto, tras unos quehaceres. Desmantela la base de la organización electoral y su servicio profesional. Es como si los redactores de esta ley se hubieran puesto a analizar procedimientos y procesos, y optaron por incidir en los puntos neurálgicos de la organización electoral. He revisado las opiniones de los directores y el estudio técnico que elaboró el propio Instituto para ofrecer una valoración de las repercusiones de esta ley. Son muy profundos. No se trata de la simple aplicación de un recorte presupuestario (que ha sufrido el Instituto en cada uno de los años de esta administración), sino de una maniobra para debilitarlo, cuestionar su efectividad y, en un caso extremo, descarrilar la propia elección. El concejal Ciro Murayama expresa esta preocupación y no es exagerada.
Se supone que una democracia electoral llega cuando los actores que se disputan el poder deciden que es la mejor manera de disputarlo. Cualquier otra opción es cara. La vía armada o el conflicto parece no convenir a nadie. Creo que el presidente no quiere llegar a este extremo. No creo que esté buscando llegar a un punto en el que se pierda. En 2006, cuando fue derrotado por un estrecho margen en las elecciones, no buscó incendiar el país. Montó un plantón muy costoso para los vecinos de la capital, que sirvió para amortiguar el golpe. El presidente insistió en una vía institucional. ¿Quieres quemarlo hoy?
Creo que lo que quieres es tener control sobre el proceso. Quiere que la organización electoral con todos sus componentes sea manejada dentro de la esfera del gobierno. El modelo autonómico le resulta incómodo, porque le hace perder la certeza de conservar el poder. Aquel que la buscó con perseverancia durante tantos años, que encarna la verdad, que representa lo inaudito, no puede someterse (incluyendo a su partido) a un escrutinio periódico en el que pueda ser derrotado.
Lo que está en juego con la reforma que será sometida a votación legislativa es enorme. Es un golpe a la línea de flotación de nuestra modernidad. La modernidad (proceso civilizatorio, si se prefiere) entendida como una etapa en la que ganamos derechos, en la que se facilita nuestra capacidad de elección, como decía líneas arriba.
Supongo que será difícil detener la reforma.
Me queda confiar en que la reforma encuentre corrección en nuestro máximo tribunal y que los ciudadanos, con nuestro voto, decidamos sancionar y corregir. El presidente López Obrador nunca se disfrazó de demócrata. ¿Hay suficientes demócratas en la ciudadanía para sostener nuestro civismo?
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