
Durante casi cinco años, se nos ha hecho creer que la política es un juego de suma cero, inevitablemente unos ganan y otros pierden, y las ganancias de unos sólo pueden obtenerse a costa de las pérdidas de otros. Nos han envuelto en un discurso en el que los intereses de unos se oponen a los de otros.
A medida que orbitamos este debate, ahora nos encontramos atrapados en una polarización en la que todos ganan. Quienes han difundido a fondo esta idea en el debate público ganan y se ven favorecidos con votos, clientelismo y aprobaciones. Los que no están de acuerdo con el proyecto de gobierno pierden. Pero, sobre todo, México pierde porque al caer en este juego divisorio se exaltan los enfrentamientos, se toman decisiones de corto plazo basadas en la ideología y no en la evidencia, y se pierden valiosas oportunidades que difícilmente volverán.
Es cierto que algunas decisiones en política son un juego de suma cero. Si decides destinar recursos públicos a tal proyecto o causa, dejas de dedicarlos a otros fines. La misión de un administrador público en su más pura concepción es precisamente maximizar los recursos públicos para resolver los problemas públicos y contribuir al bienestar del mayor número de ciudadanos. Al diseñar, implementar y coordinar las políticas públicas, constantemente se realizan análisis de costo-beneficio, en los cuales se evalúan diferentes opciones para optar por aquellas que generan el mayor beneficio público. Evidentemente estos ejercicios no son tarea fácil, pues mientras el principal objetivo de una empresa privada es generar utilidades, en los asuntos públicos es mucho más complejo medir y predecir resultados ya que interactúan una gran cantidad de variables.
Cuando la política entra en la ecuación, estas decisiones se convierten en un juego perverso, ya que los análisis de costo-beneficio pierden utilidad frente a la variable política. Estudios exhaustivos realizados por expertos sobre la conveniencia de emprender un determinado proyecto pueden descartarse en un abrir y cerrar de ojos si se percibe un alto costo político, a pesar de existir evidencia sólida sobre sus potenciales beneficios públicos.
Esta tensión entre administración pública y política coexiste permanentemente, y se hace aún más evidente con la variable del horizonte temporal. Apostar por un proyecto o política que dará sus frutos a largo plazo, y que el sucesor probablemente coseche sus frutos y aparezca en la foto de la inauguración o lanzamiento del proyecto, es políticamente impensable. Por eso prevalece con tanta frecuencia la mediocridad propia del cortoplacismo.
Todas las políticas públicas son perfectibles y discutibles, pero lo que no debe estar en discusión es cuando las decisiones o políticas públicas implican una innegable e inmensa destrucción institucional y debilitamiento de contrapesos a costa de centralizar el poder, alimentar un discurso o nutrir un ego. . En este juego de suma cero todos perdemos.
El reto consiste entonces en encontrar ese punto de equilibrio en el que se diseñen e implementen políticas públicas que en su conjunto maximicen el bienestar del mayor número de ciudadanos, que tengan un efecto multiplicador, que hagan crecer la torta en lugar de regatear porciones y que al mismo tiempo son políticamente atractivos.
También necesitamos avanzar hacia un discurso de beneficio mutuo, ganar-ganar, exaltando los valores compartidos, los deseos coincidentes. Todos queremos un México más próspero, más seguro, más limpio, más justo. Es cierto que un cambio de narrativa no borrará automáticamente las diferencias entre los ciudadanos, pero sin duda sería un punto de partida para generar discusiones más profundas sobre qué tipo de país queremos en beneficio de todos, qué necesitamos para lograrlo y cómo. vamos a generar consenso para avanzar en esa dirección.
Un antídoto para salir de este atolladero en el que nos encontramos es tener una ciudadanía mejor informada, que tenga la capacidad de evaluar, de discernir entre las políticas que benefician al país en su conjunto (aunque no lo hagan en particular) de aquellas que simplemente implican una reasignación de recursos sin generar servicios públicos, o peor aún, implican una destrucción de riqueza. Necesitamos una ciudadanía capaz de quitarse la camisa de fuerza ideológica pro o antilopezobradorista para poder mirar con lente objetiva y honesta los proyectos y resultados de las políticas públicas. Ciudadanos que puedan salir de este juego de suma cero que, si bien ha sido políticamente rentable, ha dañado profundamente el tejido social.
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