mié. Abr 22nd, 2026

Sólo a quienes se toman a pecho o muy en serio lo que dice el Presidente de la República les cuesta reconocer algo evidente. La estrategia del presidente es estirar la liga al máximo y, aun a costa de convertir el riesgo en peligro, sacar provecho de la tensión y polarización que provoca. En más de un campo y en una ocasión ha hecho uso de ese recurso.

Ahora, en puerta, se resuelve la contienda que volverá a poner en juego el poder para estirar la liga lo máximo posible con el fin de llevar a los likes y a los contrarios al extremo correspondiente. Aférrate a tu polo es la consigna y no abras espacio a ninguna tercera vía, aunque pierdas el voto de amplios sectores de la clase media. A un lado o al otro. Nadie al centro porque eso implica negociar y conciliar, y eso no es lo suyo.

En la pretensión presidencial de transformar el régimen y consolidar su proyecto, en el supuesto de que no tenga los resultados esperados, lo suyo es confrontar, ganar y ganar tiempo. Por ello, sataniza el centro político, argumentando que esta posición implica zigzagueo, indefinición o vacilación. Falso. El problema de ubicarse allí lo obligaría a sentarse en el escritorio y dejar el territorio donde mantiene viva la base social que lo sustenta. El gobierno ya no sería una campaña perpetua y, además, tendría que rendir cuentas a los suyos ya los demás, responsabilidad que le gusta exigir a los demás, pero que no cumple.

Ahí, quizás, se explican las recurrentes burlas, hostigamientos y hasta descortesías del presidente hacia quienes lo cuestionan, resisten o se oponen. Los asedia y los irrita para entretenerlos con sus lances, ubicarlos donde le conviene y convertirlos en el adversario ideal para animar a los suyos y, al mismo tiempo, construir el oponente que necesita. No hace falta recordarlo, lo que resiste soporta. Sin embargo, él no come fuego. Tiene una certeza: las organizaciones de la sociedad civil podrán resistirle, incluso tener cierto discurso, pero carecen de una propuesta o bandera propia y, sobre todo, de un instrumento –partido(s)– con el que hacerle competencia.

Arriesgar para ganar, aunque se puede vencer el peligro de reventar la liga.

La decisión presidencial de estirar al máximo la liga queda patente en la publicación del decreto para la reforma de las leyes que integran el plan electoral B.

No escapa al conocimiento del presidente que el probable destino de este plan es el del fracaso tras la derrota de la reforma constitucional del régimen electoral. (Vale la pena leer el artículo “La hora de la Corte… y el Tribunal Electoral” de Jorge Alcocer en la web del mensual Voz y Voto, https://bit.ly/3KQRtxj.) Él mismo ha dicho que si eso pasa, no pasa nada. Sin embargo, sabiendo esto, no se dejó tentar por la idea de ejercer el veto de bolsillo (cancelar la publicación del decreto) o mostrarse capaz de corregir un error, aflojar la presión sobre los ministros de la Corte, congraciarse con aquellos que han desafiado esa reforma y recuperar la bandera que le dio a la resistencia civil ya la oposición partidista, dejándolos sin nada que enarbolar.

No, mantuvo estirada la liga a pesar del costo que tiene en las urnas, confinando a seguidores y perseguidores en el extremo respectivo, a cambio de polarizar posiciones y ganar por la fuerza la próxima contienda por el Ejecutivo, aunque abre un interrogante sobre el dominio del Legislativo.

Fiel a su costumbre, el presidente López Obrador no oculta su estrategia, la despliega, aunque el factor externo (prensa, gobierno y Congreso de Estados Unidos) busque influir en ella, consciente de que si la liga estalla, el eslabón del desastre le pegaría a él, a quién podría sucederle y, por supuesto, al país.

Nadie puede ser engañado.

También hay claridad en otro tema. Los líderes de los partidos de oposición no ofrecen ninguna garantía a las organizaciones y personalidades de la sociedad que los instan a unir fuerzas y, unidos, ofrecer competencia al gobierno y su partido. Ni siquiera necesitan hacerlos tropezar, tropiezan solos. Se compadecen de los demás

La reacción del panista Marko Cortés ante el supuesto revés en la declaración de culpabilidad de quien fuera el policía estrella de los gobiernos que impulsó su partido, lo pinta no de azul, sino de cuerpo entero, revelando su interés por preservar a su grupo por frente a ese partido, ajeno a la idea de construir una auténtica opción de poder. La situación del priísta Alejandro Moreno, nuevamente en problemas con la legalidad y legitimidad de su mandato después de agosto, es aún más lamentable: revela su determinación de salvar el pellejo y, si es posible, su fortuna. Y poco hay que decir sobre las limosnas políticas que busca con avidez la dirigencia del perredista Jesús Zambrano.

Con este vehículo político, la alianza “Va por México” y las organizaciones sociales no llegarán lejos. Eso explica, quizás, por qué Movimiento Ciudadano parte de esa aventura. Es mejor ir solo que mal acompañado.

Si ya se sabe que Andrés Manuel López Obrador está empeñado en estirar la liga y que la oposición partidista no ata ni desata, la incógnita es que la resistencia civil la llevarán a cabo agrupados en las organizaciones sociales y quien finalmente gane la candidatura presidencial de Morena.

Ambos son presa de una circunstancia difícil de resolver. Resistir sin propuesta y sin instrumento de lucha es reducir la acción a denuncia. Jugar a suceder al presidente, dejando en sus manos la estrategia de un juego donde ya no estará en la papeleta, implica hipotecar la victoria de antemano.

Y se sabe, en este juego de estirar y apretar la liga para tirar al oponente el castigo es parque, liga, liga, patada o bofetada.

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Metro

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