sáb. Abr 25th, 2026

Director de México Evalúa

Mi predicción para 2023: lamentaremos más muertes violentas. En mis manos no tengo una bola de cristal, sino las tendencias de los últimos años. También la constatación de que no hemos contado con estrategias capaces de contener la violencia. Algunas ciudades, estados y regiones abordan mejor el problema que otros, pero en general seguimos totalmente equivocados en nuestras respuestas a la violencia letal.

Por todo lo que pueda parecer, lo que me mueve a escribir esto no es un talante derrotista. Sí, hay perspectivas desde las que se pueden plantear soluciones a la violencia criminal. Hay prevención social y disuasión dirigida; incluso se plantea la fuerza coercitiva del Estado que disuade, entre otros fundamentos teóricos con los que se justifica el paso a la acción. Pero prestamos poca atención al impacto que las instituciones de justicia tienen en la evolución del crimen. Me refiero al papel protagónico que deben jugar los fiscales y los tribunales en la reducción de la violencia. Existe evidencia muy sólida que sugiere que pueden ser actores muy activos en la reducción de los delitos violentos al reducir la impunidad.

Hace unos días recibí un estudio de Guillermo Trejo y Camilo Nieto-Matiz, una pareja de colegas muy respetados. En él analizan el papel de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y, en general, de las fuerzas del orden internacionalizadas en la reducción de los homicidios en el país centroamericano. Recordemos que dicha Comisión se formó a pedido del propio gobierno de Guatemala ante las Naciones Unidas, para detener la violencia y la impunidad en ese país.

Si bien el informe se enfoca en los años de funcionamiento de la Comisión, también analiza los antecedentes y la forma particular en que se articuló la intervención externa con las autoridades locales de justicia, hasta la constatación de los logros progresivos, en materia de desarrollo de capacidades, que llevaron a la identificación de redes criminales muy poderosas, para ser desmanteladas y llevadas ante la justicia. Las investigaciones no fueron caso por caso (ni persona por persona), con una lógica de venganza, sino con base en la idea de que donde proliferan la violencia, los excesos de poder y la flagrante violación de los derechos humanos, existen redes de actores que actúan en connivencia.

El corazón del estudio, desde mi perspectiva, está en su trabajo metodológico y estadístico, lo que permite a los autores concluir que este particular mecanismo de persecución penal sirvió para detener la violencia. Alto a la violencia, has leído bien. Los autores lo prueban.

Los datos presentados por Trejo y Nieto-Matiz son impresionantes. En 2008, cuando la CICIG inició su trabajo, Guatemala tenía una de las tasas de homicidios más altas del mundo, 46,7 por cada 100.000 habitantes. En la década siguiente, la violencia criminal disminuyó significativamente, y en 2019 la tasa de homicidios fue de 25. Un descenso sostenido y continuo. Los autores sostienen que la intervención de la CICIG evitó muertes. O quizás sea mejor decir: salvó muchas vidas. En 12 años, CIGIG contribuyó a prevenir entre 20.000 y 30.000 homicidios, con el desmantelamiento de más de 70 estructuras criminales. Recomiendo encarecidamente la lectura de esta obra porque nos pone frente al espejo. Nos empuja a mirar nuestras propias redes criminales y la enorme impunidad con la que operan, y juzgar cómo nuestros esfuerzos se disipan en iniciativas de bajo impacto que parecen más bien buscar perpetuar la status quo.

No quiero caer en la recomendación obvia: implementar en el país un modelo de persecución penal internacionalizado, como el que adoptó Guatemala con tanto ímpetu. Pero sí quiero proponer que pensemos en mecanismos extraordinarios de justicia para este país. Si nos gana el chauvinismo, si sentimos que por nuestro tamaño e importancia no debemos recibir grupos de operadores internacionales de primer nivel para ayudarnos a mejorar, que sean mecanismos hechos en México. Sé que nuestro orgullo es muy grande (y muy tonto).

Lo que sí puede ser factible es formar grupos de élite, con operadores de casa, que poco a poco empiecen a construir espacios libres de impunidad. No todo a la vez, sino poco a poco, pero muy estratégicamente. Esto requeriría un enorme apoyo social y de las élites, porque lo que hay que superar son estructuras de poder y criminalidad profundamente arraigadas, capaces de descarrilar cualquier intento. ¿Cuándo crees que tuvimos esta oportunidad?

Eso sí: el presidente López Obrador llegó al poder con la legitimidad necesaria para desencadenar estas intervenciones. Supo aprovechar al máximo las capacidades que tenemos, para intervenir en centros neurálgicos de las redes criminales del país. Un golpe al eje flotante de la impunidad.

Pero nunca entendió que en eso consiste transformar el país. Y se ha dedicado a la minería, en lugar de construir capacidades.

Así que que nadie se sorprenda de que la violencia no disminuya. Este año será tan violento como los anteriores. Porque en este país realmente no hacemos nada para salvar vidas. Sólo nos dedicamos a perder oportunidades.

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Metro

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