
La candidata independentista Miriam Nogueras celebró el resultado electoral como una victoria a pesar de haber perdido un diputado.
El resultado de las elecciones generales del domingo en España dejó una sorprendente paradoja.
Los partidos que perdieron frente a su rival directo u obtuvieron menos votos que hace cuatro años fueron los que más celebraron los resultados.
El PP conservador de Alberto Núñez Feijóo ganó las elecciones con 136 diputados contra 122 del segundo partido más votado, el progresista PSOE del presidente Pedro Sánchez.
Sánchez celebró por todo lo alto que el bloque de la derecha no alcanzará el número necesario de diputados para gobernar, lo que le abre una puerta para que siga gobernando a pesar de estar en segundo lugar.
El presidente Pedro Sánchez (izquierda) perdió las elecciones frente al candidato del PP, Alberto Núñez Feijóo, pero sigue teniendo opciones para reeditar su gobierno de coalición.
Pero para reeditar el actual ejecutivo de coalición, Sánchez dependerá de los partidos independentistas de Cataluñacuya máxima aspiración es que esta región nororiental de más de 7,5 millones de habitantes se separe de España y forme un Estado independiente.
Junts Per Catalunya y ERC, que juntos perdieron casi la mitad de sus escaños y más de un tercio de los votos respecto a las elecciones de 2019, también celebraron los resultados porque pueden poner un precio alto sobre la mesa a cambio de su apoyo a Sánchez.
Ambos, y especialmente uno de los dos, pueden tener la clave para el próximo gobierno. Te contamos por qué.
Por qué está pasando esto
Las elecciones generales de este domingo han dejado claro, una vez más, que formar gobierno en España no es tarea fácil.
Los electores no eligen directamente al presidente, sino a los 350 diputados que integran el Parlamento, según el sistema electoral del país.
Estos diputados tienen la misión, tras las elecciones, de designar al próximo jefe de Gobierno de entre cada uno de los candidatos que se presentan, siendo habitual que el primero resulte ganador y, si no consigue los apoyos suficientes, le toque el turno al principal candidato de la oposición.
Para investir al presidente puede haber dos votaciones: la primera requiere mayoría absoluta, con el apoyo de 176 de los parlamentarios del total de 350, y, si esto no se lleva a cabo, basta que en la segunda haya mas votos a favor que en contra.
Lo que parece sencillo se convierte en un dolor de cabeza porque los españoles eligieron un Parlamento muy fragmentado con partidos de izquierda, derecha, regionalistas e independentistas que en muchos casos persiguen objetivos incompatibles y se imponen vetos entre sí.
Así, cuando Núñez Feijóo se presenta como candidato, necesitando el apoyo del partido de ultraderecha Vox (entre los dos solo tienen 169 escaños) lo más probable es que lo veten casi todos los partidos restantes, tal y como han adelantadoy no puede formar un gobierno.
altas demandas
Luego le tocaría el turno a Sánchez, que tampoco lo tendría fácil.
Los socialistas necesitarían reeditar el pacto que les dio el Gobierno en los últimos cuatro años y que les permite cogobernar con Podemos, el partido de extrema izquierda integrado con otras fuerzas similares en la plataforma ahora denominada Sumar y con la que acumula un total de 153 diputados.
Para sacar adelante al Gobierno tendrían que volver a contar con el apoyo de los independentistas vascos de izquierda (Bildu), los regionalistas vascos de derecha (PNV), los nacionalistas gallegos (BNG) y los independentistas catalanes de izquierda de ERC.
y deberá conseguir también el voto favorable de los independentistas catalanes de derecha Juntsquienes han sido más radicales en sus aspiraciones secesionistas y no lo apoyaron en la investidura de 2019.
Antes de las elecciones del domingo, este partido se negó rotundamente a pactar con ninguna de las dos grandes coaliciones de derecha o de izquierda de Madrid.
Sin embargo, tras conocer que sus 7 diputados podrían ser decisivos, puso sobre la mesa las dos condiciones que requiere para permitir la formación de gobierno: amnistía y autodeterminación.
El líder de Juntos, Carles Puigdemont, prófugo en Bélgica desde hace casi seis años para evadir la justicia española.
Carles Puigdemont tiene una orden de extradición a España, donde se enfrentaría a cargos penales.
Se le acusa de rebelión y malversación de fondos por haber organizado un referéndum ilegal en 2017 y por haber participado en la declaración unilateral de independencia de Cataluña el 1 de octubre de 2017.
El lunes, el día después de las elecciones, La Fiscalía española pidió al juez encargado de la causa que vuelva a dictar la orden de allanamiento y detención que pesa en su contra.
“Un día eres decisivo en la formación del gobierno español y al siguiente España ordena tu detención”, tuiteó sarcásticamente Puigdemont el lunes.
El caso que pesa contra Puigdemont -y que podría llevarlo a la cárcel si finalmente es extraditado a España- se plantea como el principal obstáculo para que Junts permita a Sánchez gobernar con sus socios cuatro años más.
“Van a dar su apoyo a Pedro Sánchez pero Van a poner precio, y este será sin duda que Puigdemont venga a España y se estrene”, le dijo a BBC Mundo el reconocido periodista Mariano Guindal, cronista del diario español La Vanguardia.
Esto obviamente plantea un problema: en España el poder judicial es independiente y está por ver hasta qué punto la presión ejercida por un partido o un gobierno sobre jueces y fiscales puede quebrarlo en un caso tan grave como este.
“Es difícil pero La política es el arte de hacer posible lo imposible.. Un gobierno puede hacer de todo: hay fórmulas, hay lagunas, hay cambios en las leyes… pero cuando un gobierno quiere hacer algo, lo acaba haciendo”.
Aunque el independentismo ha perdido fuelle desde su apogeo a mediados de la década pasada, todavía hay manifestaciones como esta en Barcelona el pasado enero.
En cuanto a la autodeterminación, Junts podría exigir al Gobierno español que le permita celebrar un referéndum independentistaes decir, una votación vinculante en la que los catalanes deciden si se separan o no de España y forman su propio estado.
Esta condición -contando con que el partido la mantenga hasta el final- sería prácticamente imposible de cumplir por dos razones: la Constitución española lo prohíbe expresamente y el coste político de facilitar la independencia de una de las regiones más importantes de España sería, para el PSOE, de proporciones incalculables.
Sin embargo, si Junts muestra cierta flexibilidad, puede haber términos intermedios.
“Traer a Puigdemont y dejarlo ir sería hasta cierto punto un sapo tragable, pero no el referéndum. En su lugar, se podrían promover reformas o algún tipo de consulta popular. eso no es vinculante. Los políticos tienen asesores muy imaginativos”, afirma Guindal.
Además, ERC, el partido independentista catalán que ha apoyado hasta ahora al Gobierno de Sánchez, ha anunciado que renovar su compromiso tampoco le saldrá gratis, aunque ha reclamado recompensas más viables: acabar con el déficit fiscal catalán, ceder la red de cercanías al Gobierno regional y seguir negociando para conseguir el referéndum, según su candidato Gabriel Rufián.
Así, el complejo entramado de alianzas e intereses del sistema parlamentario español dificulta la creación de un nuevo gobierno tras los resultados del 23 de julio. Si esto no se logra, las elecciones se repetirán en octubre.
El poder del nacionalismo regional
No es la primera vez que la investidura de un presidente para formar gobierno en España depende de partidos nacionalistas.
Esto sucedió por primera vez en 1996 con el Pacto Majestuoso, llamado así por el hotel de Barcelona que albergó las negociaciones entre el PP y Convergència i Unió (CiU) que llevaron al poder al conservador José María Aznar.
Aznar ganó las elecciones de ese año sin mayoría absoluta -y CiU le dio, junto con otros partidos regionalistas, el apoyo que necesitaba formar un gobierno a cambio de concesiones políticas.
CiU, antecesor de Junts, era entonces el principal partido nacionalista de Cataluña, no se consideraba independentista y aspiraba a conseguir una mayor autonomía para la región.
El entonces líder del nacionalismo catalán, Jordi Pujol, y el expresidente conservador José María Aznar mantuvieron un diálogo fluido, algo impensable hoy en día.
Más reciente es el ya citado ejemplo del actual Gobierno de Pedro Sánchez, que asumió la presidencia en 2018 gracias a una moción de censura que contó con el apoyo de los independentistas catalanes, así como de los nacionalistas vascos del PNV.
Luego vinieron las elecciones de 2019, que se repitieron tras no lograr acuerdo entre partidos para elegir presidente. En el segundo intento, Sánchez fue juramentado gracias a la abstención de ERC y al apoyo de otros partidos minoritarios.
Los partidos regionalistas han sido actores cruciales en la formación de gobiernos en España, y lo son cada vez más en un entorno marcado por la división de los bloques de izquierda y derecha que hace prácticamente imposible una mayoría absoluta.
Así, partidos como Junts, con 7 diputados y el principal objetivo de dividir una parte del país, son hoy cruciales para formar gobierno y evitar un bucle interminable de repetición de elecciones. Toda una paradoja de la democracia española.
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