mar. Jun 16th, 2026

Es probable que esta semana concluya el proceso legislativo en el Senado para aprobar el plan “B” del presidente. No es buen momento para debatir las reglas que rigen el juego democrático cuando se requiere certeza en su contenido e imparcialidad en su aplicación. Simultáneamente a la deliberación pública de la reforma, están en marcha los procesos electorales de Coahuila y del Estado de México y estamos en el preámbulo del proceso electoral 2023-2024.

Pese a ello, el oficialismo se aferró a imponer una reforma regresiva, que restringe drásticamente la autoridad electoral y disminuye su capacidad de arbitrar las elecciones, al tiempo que fortalece a los partidos políticos para no ser perturbados en su vida interna y deja el enorme aparato de gobierno servidores, predominantemente de Morena, en absoluta libertad de hacer y deshacer, de violar la constitución y la ley sin ninguna consecuencia, como sucedió en 2021, en la revocatoria de mandato y en los procesos electorales de 2022. Al final, es Por supuesto que no les importa violar las prohibiciones legales que tienen siempre y cuando se aprovechen de ello.

La reforma ha provocado que el tono se intensifique en la discusión pública. Es el peor escenario visto en la relación entre los árbitros electorales que buscan mantener un sistema electoral viable y eficiente para el país y el gobierno que impulsa un nuevo marco legal para volver a elecciones improvisadas y autoridades controladas, bajo el útil disfraz de la austeridad. . No es cierto, como señala López Obrador, que la defensa del INE sea mantener una administración de privilegios, este argumento es falaz como lo son las expresiones relacionadas con que la autoridad superpone el fraude. Si eso fuera cierto, si existiera el fraude, entonces lo cometerían y favorecerían a Morena, que ha ganado la gran mayoría de los 330 procesos electorales en los que ha participado el INE desde 2014.

Imponer cambios a las leyes electorales al capricho del poder, con la aplanadora de sus mayorías en el Congreso, nos llevará a escenarios indeseables. No quiero ser alarmista, pero el desmantelamiento del INE y todas las consecuencias del plan “B” exhibidas por la institución en un extenso informe conducen, según los asesores electorales, a la imposibilidad técnica y material de organizar las elecciones con los estándares de calidad lograda en treinta años, más aún, por la falta de certidumbre para poder capacitar a los funcionarios de mesa, instalar las mesas de votación, actualizar el padrón electoral y operar el amplio conjunto de elementos que dan autenticidad y credibilidad a Las elecciones.

Hay otro escenario que hay que tener en cuenta y que sería terrible para el país. Si se desmantela el aparato que las organiza y no se instalan el veinte por ciento o más de las mesas electorales, las elecciones podrían ser anuladas y tampoco sería segura su repetición. El derrumbe, al que ya se han referido múltiples voces, sería inevitable. ¿Quieres eso? Después de tener un sistema electoral considerado entre los más sólidos y confiables del mundo, no me imagino discutiendo la declaración de un estado de emergencia.

No le demos la vuelta. En la antesala de la sucesión presidencial, para qué se quiere debilitar la autoridad, cuando lo que el país requiere es todo lo contrario: un árbitro fuerte, técnicamente bien equipado y capaz de conducir los procesos electorales con imparcialidad. Es una reforma que no fortalece, pero sí destruye.

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