mar. Ago 25th, 2026

Si el proyecto de la Cuarta Transformación aspira a convertirse en realidad, tendrá que ser transexenal; seis años apenas alcanzan para cimentar, proponer otros valores, afrontar la inercia. Hacer un cambio sin rupturas violentas supone una transición por aproximaciones sucesivas, y eso lleva tiempo. Y para lograrlo, Andrés Manuel López Obrador ha tenido que hacer el trabajo político para asegurar seis años más, con la esperanza de que se extiendan a doce. Pero incluso conseguirlo, no es suficiente.

Un verdadero cambio social promovido desde el poder requiere, además del apoyo popular, del actor social capaz de implementarlo. Es decir, los cuadros dirigentes con la operatividad y la convicción social necesarias para implementar con éxito las políticas públicas que aterricen en el cambio. La orientación ideológica es fundamental, por supuesto, pero las propuestas son absolutamente inviables si no van acompañadas de una lógica operativa eficiente y realista.

Y para ser honesto, el gobierno de la 4T exhibe enormes lagunas en este asunto.

Es en parte explicable: Toda administración alterna tiene deficiencias en cuanto a cuadros. El movimiento obrador no tenía líderes que se hicieran cargo de la enorme nómina que decide el día a día de la administración pública federal. Entre secretarios, subsecretarios y directores generales del gabinete básico y los dos o tres cargos principales en cada uno de los muchos organismos públicos, institutos, fideicomisos y comités estratégicos, estamos hablando de varios cientos. Más allá de las líneas generales impulsadas por el Presidente, los ciudadanos se ven afectados por las decisiones y acciones de estos funcionarios. Y esta carencia se acentuó a medida que Morena fue asumiendo el poder en una veintena de entidades federativas, cuyas primeras parrillas terminaron por aumentar el déficit de recursos humanos.

El movimiento tenía muchos operadores políticos, pero pocos funcionarios de carrera con experiencia en la administración pública. De ahí el “poco a poco” del que hablan sus adversarios. A diferencia de los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, también alternados, que recurrieron a la iniciativa privada para corregir el déficit, la desconfianza natural del obradorismo hacia los empresarios lo llevó a apoyarse en el resto de la clase política tradicional: esencialmente ex priístas, y algún que otro panista (Manuel Espino, Germán Martínez, Roberto Gil Zuarth, entre otros). López Obrador señaló que su gobierno necesitaba funcionarios 90% honestos y 10% experimentados; una forma de mostrar buena cara ante una insuficiencia evidente.

La inevitable improvisación ha tenido resultados mixtos. Algunos afortunados y otros no tanto; a veces incluso doloroso. Detrás de la cruzada contra el infame monopolio de la droga, no hay una intención meritoria, sino el alarde de desafortunada novata para operar el ambicioso proyecto; un largo proceso de prueba y error a expensas de muchos pacientes.

Fundar una organización como Segalmex para mejorar la autosuficiencia alimentaria en medio de una globalización convulsa es una excelente idea; pero fue mal ejecutado cuando se entregó a expriístas de mala reputación, que disponían de enormes recursos y poderes sin los filtros y controles necesarios. Nadie debería sorprenderse con el resultado.

Quizás nada más muestre la insuficiencia de los cuadros administrativos de la 4T, como que el Presidente haya tenido que recurrir al Ejército para la construcción (algo explicable) y posterior funcionamiento (algo menos justificable) de sus proyectos estratégicos. Y más aún cuando se les ha encomendado hacerse cargo de áreas tradicionales de la administración pública como aduanas, puertos, aeropuertos y empresas turísticas. Los militares son más honestos y eficientes, ha mencionado López Obrador en más de una ocasión. Es decir, además de carecer de experiencia, resultó que muchos de los cuadros tampoco cumplían con el 90% de honestidad necesario.

No se trata de descalificar el esfuerzo. El Presidente trató de operar con lo que tenía, o más bien con lo que no tenía. En cierto modo es comprensible. Un líder con una enorme base social, un general con un plan de batalla y un vasto ejército, pero sin oficiales suficientes para llevar a cabo la estrategia a cabalidad.

Ahora importa lo que viene después. Si de hecho se trata de un plan transexenal, habría que asumir que en su primera versión el proyecto de cambio tenía evidentes limitaciones en esta materia, pero en futuras ediciones es imperativo corregirlo. Afortunadamente, intensas campañas curan al novicio y aceleran la formación de los veteranos.

El próximo Gobierno de la 4T tendría que modificar algunos criterios para contratar y formar funcionarios de carrera con capacidad para aterrizar eficientemente sus ambiciosos objetivos. Más allá de las críticas que se puedan hacer a los gobiernos tecnocráticos, hay que reconocer que se mantuvieron en el poder durante 30 años y modificaron el Estado mexicano gracias a los muchos cuadros que, formados en Hacienda, terminaron moviendo los hilos de la administración pública en la Federación y en muchas entidades.

No se trata de reclutar en base a una supuesta incorruptibilidad, porque, como ya hemos visto, esa es una apreciación subjetiva. Esto se soluciona con mecanismos de control y evaluación permanente. En lugar de pensar en hombres y mujeres incapaces de dejarse tentar por las malas prácticas, es más razonable construir procedimientos que inhiban esas malas prácticas por parte de todos aquellos que se sientan tentados a recurrir a ellas.

En esencia, de lo que se trata es de tener grillas de funcionarios eficientes, convencidos del servicio público y técnicamente capacitados. No exige una supuesta pureza ideológica (claro que los priístas y panistas del tren de Obrador no la tenían), porque al fin y al cabo la orientación de los programas la marca el jefe. Pero eso sí, de operadores dignos, sujetos a normas de evaluación, aprendizaje y corrección permanente que los conviertan en funcionarios profesionales de carrera de larga duración, comprometidos con la tarea de construir un país más próspero y justo. Si la 4T va a tener éxito, lo será si logra generar decenas, si no cientos, de figuras como María Luisa Alcalde, Román Meyer Falcón, Andrés Lajous y similares. Los generales de la Sedena o los priistas disfrazados pueden haber sido un mal necesario, pero esto no fructificará si la 4T no genera sus propios cuadros.

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