mar. Abr 14th, 2026

Para los escépticos: lo ocurrido la semana pasada y en particular el viernes y la madrugada del sábado deja muchas cosas al descubierto: 1) decisiones ideológicas por encima de toda consideración; 2) la renuncia de un poder a su función republicana y democrática; 3) liderazgos subsumidos en uno; 4) oposiciones desarticuladas y sorprendidas; 5) sociedad en ascuas y polarizada y 6) un tercer poder, el judicial, sobrecargado y al borde de su competencia. Vamos por partes.

El Presidente de la República fue configurando una idea de País durante décadas, junto con su trayectoria priísta, su paso a la oposición, como funcionario público y siempre en campaña, esa idea se fue solidificando, anclada en un pasado idílico que parece haber sido sacado de los viejos libros de texto gratuitos en los que la figura presidencial era el vértice de cualquier decisión, ejecutor, legislador y juez -la evidencia histórica demuestra que esto nunca fue del todo así, pero hay quienes lo siguen creyendo. Ahora, sintiendo que los únicos que lo acompañan son sus fieles anfitriones y que desde su perspectiva la oposición, las “minorías”, no tienen remedio, lo que hay que hacer es imponerles el futuro. Ante esta apremiante convicción, antes de que concluya el sexenio deben imponerse las reformas necesarias para el “cambio histórico”, de lo contrario lo exige, sin discusión, sin análisis y en total opacidad, incluso ante sus correligionarios que no se les confía, se impone el decreto. Los gobernantes autosuficientes tienen ese sello.

En esta situación, el legislativo debe estar ahí para traducir los designios del ejecutivo en dispositivos normativos, renunciando a su carácter de representación social, a la diversidad, a su visión de futuro -las leyes no pueden tener un horizonte cortoplacista- y justo. Eso es lo que hemos visto. en el comportamiento de la mayoría en las Cámaras de Diputados y Senadores. Adiós a su poder constitucional, a su función equilibrante en el ejercicio del poder público y esto es más dramático en el caso del Senado, representación de la nación federada.

Un líder, “el poder no se comparte”, esa es la máxima del actual ejecutivo y como se supone que de él depende la decisión de quien lo suceda, lo que corresponde a los aspirantes es mostrar disciplina y capacidad de ejecución sin mayores cuestionamientos, y si los hay, nunca deben entrar en la esfera pública. Si hay atisbos al respecto, el ejemplo del senador Monreal muestra las consecuencias.

En este escenario democrático mermado, las oposiciones institucionales, representadas principalmente por los partidos políticos -aunque también tienen un papel otras corporaciones como sindicatos, empresarios, organizaciones sociales, reconocidas en el diseño institucional- si bien cierran filas en momentos como estos, aparentemente no. Van más allá de la situación y su testimonio, reconociendo expresiones lúcidas y valientes, termina siendo eso, testimonio ante la abrumadora mayoría constituida en muchos casos por quienes aspiran a ascender en la escala gobernante o al menos mantener sus cargos y apuestan a la voluntad. del líder que busca congraciarse y mostrarse ante él, de ahí su fragilidad en el futuro, pero eso es motivo para otra reflexión.

Parece digna de una novela picaresca, la escena de los representantes de la oposición exigiendo el incumplimiento del acuerdo sobre el quinto comisionado del INAI y acto seguido la aprobación sin más que una serie de reformas legales anunciadas pero no conocidas y menos puesto a consideración.

Hay que reconocer que las recientes movilizaciones sociales (13 de noviembre y 26 de febrero) contra la pretensión de una reforma político-electoral, tuvieron sus efectos al frenar la reforma constitucional y al visibilizar el llamado plan B y los efectos nocivos para la democracia. . Sin embargo, la movilización social inspirada en causas pero sin liderazgo y sin un programa que le dé organización más allá de la coyuntura tiene sus límites y pronto pierde impulso, tiende a fragmentarse o por agentes no necesariamente con las mejores intenciones para subirse a la ola. , he aquí otra fragilidad.

Finalmente, todas estas reformas van a terminar en la SCJN y hay quienes piensan que eso es una buena noticia dada la integración actual y sobre todo las decisiones que ha tomado últimamente, sin embargo, a mí no me parece una buena noticia, al al menos por las siguientes razones: la Corte debe ser la última instancia y no la primera instancia para la preservación del orden constitucional; la sobrecarga de litigios en sus manos la hace frágil ya que carga a sus once miembros con la responsabilidad de toda la República, permítanme esa licencia, pero si se analiza todo lo que terminará resolviendo es la más variada materia, desde el futuro de la sistema democrático, hasta el modelo de desarrollo científico y tecnológico, incluyendo la minería, la reforma del sistema de salud, el ordenamiento de la administración pública y un largo etcétera y con el riesgo no sólo de que crezca la presión sobre los afiliados sino también de que sus Las decisiones se desestiman, en su momento, eso es lo que viene.

Es la hora del Poder Judicial, es la hora de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero por lo mismo, es la hora de blindarla, del acompañamiento ciudadano y del mayor número de actores políticos y sociales, de brindar con las condiciones para una deliberación libre, objetiva, al pie de la letra del pacto social que nos hemos dado. ¡Sí! La SCJN es el último bastión del orden constitucional, del Estado de derecho, de la democracia y eso la hace frágil.

Tomemos la República, es patrimonio de todos y que es diversa y alejada de concepciones monocromáticas.

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