lun. Jun 22nd, 2026

De no haber una pronta rectificación, Andrés Manuel López Obrador cerrará con un eslabón de oro la cadena de errores que ha ido forjando en relación al juego sucesorio y demostrará que sí tiene candidata favorita: Xóchitl Gálvez.

La atención que, sin querer oa propósito, la líder de Morena le dedica a la senadora hidalguense la ha ido potenciando como una importante opositora en la carrera por la próxima Presidencia de la República. Queriendo cerrar las puertas de Palacio para no oír su respuesta, se las abrió y, desde entonces, en una contradicción de las suyas, privilegia la suya y fortalece su interlocución. Más allá de sus propios méritos, el ascenso de la figura de Xóchitl Gálvez como posible candidata presidencial de la oposición se debe en gran medida a la mandataria, no a quienes la impulsan. Tanto es así que ella misma lo reconoce, agradece e, inteligentemente, lo aprovecha.

Si la admiración y el miedo al líder -la dualidad de la veneración- frena o inhibe el liderazgo de Morena, así como los aspirantes presidenciales de ese movimiento para proponer a Andrés Manuel López Obrador la necesidad de revisar su rol y la estrategia de campaña, ninguno de ellos podrá sorprenderse por lo que pueda suceder.

Seguro de su infalibilidad e impermeable a oír voces ajenas a la suya, Andrés Manuel López Obrador quiere atribuir la creciente presencia mediática de Xóchitl Gálvez al círculo político, social, intelectual y periodístico que la impulsa, pero no advierte ni remotamente su gran aporte

En sentido estricto, la campaña de Morena y sus aliados por la candidatura presidencial no tiene mayor expresión en el desdichado periplo de quienes fueron invitados a intentar hacerla suya. Si hay algo espectacular en esta hazaña son los anuncios externos o los escándalos de Adán Augusto López. De hecho, esta campaña gana expresión y resonancia en Palacio Nacional, ya que en ella no participa ni compite Andrés Manuel López Obrador.

El incontenible protagonismo presidencial eclipsa o anula a quienes presuntamente quiere ver en su lugar y refleja, como ya se ha dicho aquí, una anticipada nostalgia del poder o una indomable aversión a aceptar la extinción de su propia estrella política. Desaparecer de la escena cuando durante años luces, cámaras y micrófonos estuvieron concentrados en uno, siempre es difícil.

Si quienes dicen ser los más leales escuderos de Andrés Manuel López Obrador, los más firmes guardianes del proyecto que emprende y los más aguerridos colaboradores en el diseño de estrategias no le advierten de la necesidad de bajar su perfil, adquirirán responsabilidad por las complicaciones que, por alguna extraña razón, el líder del movimiento está generando a su propia causa.

Se ha hecho una montaña de tonterías a partir de la incapacidad para reconocer y corregir errores.

En cuanto a la estrategia de campaña para definir la candidatura presidencial de Morena y sus aliados, requiere un reajuste inmediato. Un ajuste que amplía el margen de maniobra, expresión y acción de quienes lo buscan y que, al mismo tiempo, reduce el de Andrés Manuel López Obrador.

El diseño de ese plan fue preparado para una circunstancia que hoy no existe. Partió de una suposición. La oposición seguiría en el asombro que la inmovilizó durante meses y los candidatos de Morena podrían recorrer el país solos, dentro de un saco de medidas exhaustivas (no debatir, no disentir, no discrepar con los postulados de la supuesta Cuarta Transformación) como siempre que no dieran lugar a divisiones y mucho menos a rupturas. Tal suposición ya no es válida y continuar por ese camino durante los próximos sesenta días podría provocar una pandemia de aburrimiento entre el electorado o generar un fulminante ataque de bostezos en alguno de los concursantes.

La aparición en escena del Frente Amplio por México conmovió el panorama a Morena y sus aliados. Las estrategias de uno y otro son contrastantes. El concurso de oposición es abierto, escalonado, animado con debates y medidas parciales para eliminar gradualmente a los competidores hasta llegar a la final; La de Morena es cerrada, plana, desanimada con el recital de postulados y con una medida final que, en un descuido, puede dejar descontento a más de uno. La campaña de oposición puede ser colorida y sabrosa; El de Morena es incoloro y sin sabor, a pesar de los esporádicos destellos de Marcelo Ebrard y la fuerte musculatura de Claudia Sheinbaum. La estrategia del Frente genera tensión y atracción, el tedio y hastío de Morena.

No darse cuenta de la necesidad de ajustar el plan original de Morena es darle ventajas a quienes supuestamente quieren derrotar. La dirigencia de Morena, los candidatos presidenciales, los estrategas no harían mal en llamar la atención presidencial sobre el enredo que está generando su liderazgo y el plan de campaña. Disciplinar y callar o culpar a los demás de los contratiempos no es una solución.

Insistir en que la competencia por la candidatura presidencial de un lado u otro no modifica el rol de Andrés Manuel López Obrador y persistir en la idea de aplicar la estrategia de campaña originalmente diseñada por el líder del movimiento cuando ya no responde a la realidad, sin duda pondrá en aprietos a las aspirantes de Morena y sus aliados.

Si no rectifica y deja de darle ventajas al frente opositor que no asomaba en su horizonte, Andrés Manuel López Obrador cerrará con eslabón de oro la cadena de errores que cometió desde el momento en que precipitó la sucesión presidencial sin calcular las consecuencias . ¡Qué paradoja!

Pronto

La presunta ministra debería equiparar su sueldo al del Ejecutivo por sí misma, vamos a hacer algo que al menos la distinga.

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