
Simular es una de las actividades de la política. Ya sea para engañar al ciudadano, al adversario oa los medios de comunicación, la simulación es un recurso muy utilizado. Pretender, por ejemplo, que todo está bien en una crisis es fundamental, no transmitir estados de ánimo que denoten preocupación o enfado es importante en una figura política. Porque, en buena medida, una parte del ejercicio del poder es la gestión de las apariencias, de las maniobras. No en vano, los políticos tienen fama de ser simuladores de primer nivel.
El problema es cuando la simulación es parte de la ley. Me refiero específicamente a la ley electoral que tenemos. Fue una ley hecha por los partidos para limitar las formas de victoria que tenían Fox y Calderón pero que afecta a todos, que tal vez pensaron que nunca iban a ganar.
Sorprendentemente, los partidos participaron con entusiasmo en la elaboración de un tomo premoderno que previene y regula hasta el ridículo todo el andamiaje que existe en torno al lanzamiento y desarrollo de una candidatura. En lugar de promover la competencia libre y democrática, hicieron las campañas y precampañas lo menos libres posible. El resultado, por un lado, es que tenemos una enorme cantidad de normas que impiden incluso llamar candidato a una persona que es abiertamente candidato; que no se puede decir elección de candidato a un proceso en el que se elige a un candidato y que estos no pueden ser promovidos como lo hace cualquier candidato o precandidato en las democracias medianamente modernas. Por otro lado, tenemos que hacer un ejercicio de selección de candidatos, todos, desde el Presidente de la República hasta el precandidato con menos posibilidades de salir adelante, las autoridades electorales, los partidos y los ciudadanos que participan en dicho proceso, tienen que hacer un ejercicio de simulación y en algo que la jueza Janine Otálora calificó acertadamente de fraude a la ley. Entonces, la forma en que se han hecho las leyes en México durante años hace necesario darle la vuelta a la ley misma si se desea. Hacer un ejercicio o decisión democrática. Absurdo. Y peligroso, porque como casi te obliga a infringir la ley, a evadirla, en un escenario cerrado, con el historial de participación ilegal de todos, se pueden dar las condiciones para anular la elección.
Eso sucede legislando con dedicación o cuando se cumplen los caprichos de unos pocos. Insisto en que la ley que se aprobó en 2008, y que incomprensiblemente fue aprobada por el PAN de esos años, fue una contradicción. Entonces se legisló el menú de agravios de López Obrador por su derrota de 2006, los rencores del PRI y el sentimiento de culpa del PAN. El resultado está a la vista: es una ley que ata de manos al PAN, al PRI y a López Obrador. Una cucharada de su propia medicina.
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