vie. May 8th, 2026

Es reconfortante sentir que la sociedad mexicana defiende los contrapesos y la autonomía de los poderes del Estado mexicano y de aquellas instituciones que son cruciales para alimentar la democracia en México.

Independientemente del oportunismo político, que aflora vulgarmente en épocas electorales, por ejemplo, cuando la oposición, carente de ideas, se ahorca de cualquier manifestación contra el gobierno; o, cuando los fieles del partido gobernante no hacen autocrítica, la sociedad continúa depurando la esencia de la democracia.

Lo cierto es que el Poder Judicial no debe ser vulnerado en la forma en que el gobierno de turno busca alterarlo, insultarlo o mandarlo (ni tampoco otros poderes del Estado mexicano), y que, bajo condiciones político-ideológicas, pero también financieras, , consignas, buscan despojarlo de su credibilidad… y de sus confianzas.

Cada vez está más claro que los fideicomisos no son para favorecer a los ministros, como insiste el presidente López Obrador, haciéndole creer a la sociedad; Por el contrario, son esquemas financieros que generan protección al sistema judicial en beneficio de sus trabajadores y su infraestructura. Paradójicamente, el presidente los utiliza en el Ejército y otras agencias gubernamentales; Lo que pasa es que, ante los reveses de sus estrategias, provenientes de ese poder, se ha empeñado en desacreditarlo sistemáticamente.

Su lógica de introducir incondicionales y leales en las distintas instituciones mexicanas para defender su movimiento no ha funcionado. Ya había intentado hacerlo de manera muy similar en el Instituto Nacional Electoral, y tampoco funcionó, recuerden aquella marcha que llenó el Zócalo.

En ese momento criticó a los concejales bajo los mismos argumentos que ahora esgrime contra los ministros: salarios altos, favorecer a los conservadores y ser proclive a la corrupción. Pero ella dejó de criticarlo, hasta que impuso a uno de sus favoritos como presidente del INE, y a unos cuantos más.

En cuanto al Poder Judicial, ha destacado el caso del ministro Juan Luis González Alcántara Carrancá, quien marchó el pasado domingo contra la eliminación de fideicomisos, lo que le valió una fuerte reprimenda del presidente mexicano el pasado lunes en su mañanera.

Lo interesante del asunto es que el propio López Obrador fue quien propuso a González Alcántara para ministro, suponiendo que iba a adoptar plenamente sus diseños, como lo han hecho otros ministros también propuestos por el presidente. Su decisión de imponer a sus partidarios incondicionales actuar por encima de la ley no le ha funcionado.

López Obrador aún no asume que, en democracia, los criterios del presidente no son absolutos; Y no sólo eso, está obligado a respetar a los demás poderes, por mucho que los denuncie. Sabemos que su sueño es controlar todo el Estado mexicano, pues esa ha sido su cruzada desde que llegó al poder en 2018; y lo seguirá intentando durante el próximo sexenio, primero buscando la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión, para luego imponer los cambios necesarios que alineen sus intereses dentro de los distintos poderes e instituciones. Por ello, la candidata que eligió fue seleccionada cuidadosamente, para que asumiera sin cuestionamientos los objetivos del ‘gran líder’.

Sin embargo, este debate que se ha abierto sobre el Poder Judicial ha servido para entender mejor esa institución y su sistema, que siempre se ha manejado de manera muy hermética. No se trata sólo de entender su naturaleza, sino también su funcionamiento, estructura y, efectivamente, salarios y beneficios.

Para nadie es un misterio que, dentro de ese poder, también lleno de privilegios y corrupción, se requieren medidas urgentes para limpiar y transparentar su vida cotidiana. Que mejoren la administración de justicia, que agilicen los procesos y sancionen y resuelvan mejor. El problema ahora es que el presidente, en busca de venganza y dinero, tuerce los procesos democráticos para atacar a una potencia, ese es el detalle.

Esperemos que de este enfrentamiento entre poderes surjan criterios racionales y consensos nacionales para mejorar no sólo los poderes, sino toda la institucionalidad que trabaje a favor del Estado mexicano, y no de un solo hombre.

Cuando critica a algunos, pero deja de lado a otros que son aliados, que también están involucrados en privilegios y altos salarios, como los que viven del Poder Legislativo, entonces se entiende que más allá de fortalecer los contrapesos y limpiar excesos, lo que se pretende es desestabilizar a los opositores para fortalecer exclusivamente su movimiento, y eso en las democracias no está bien visto.

El autor es un periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.

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