dom. Abr 26th, 2026

El viernes pasado en Palacio Nacional, en la antigua sede del Congreso (siglo XIX) muy sonrientes y compañeros, como un llamado urgente a la unidad, observamos al presidente junto a las 4 corcholatas frente a la bancada morenista en el Senado.

El mensaje explícito fue el calendario para la sucesión: 90 días dijo el presidente para comenzar con las urnas.

Es decir, mayo, junio y julio son períodos de gracia, promoción y campaña anticipada —ilegal—.

Los 90 días serán un espacio inequívoco de enfrentamiento creciente entre corcholatas y también de desgaste del presidente.

La primera encuesta se realizará en agosto, la segunda en septiembre y una tercera en octubre. Habrá un candidato a finales de octubre.

Hay quienes piensan que AMLO no podrá aguantar tanto, sometido a la presión política dentro de Morena, así como la creciente actitud desafiante de Marcelo Ebrard.

Solo en lo que va de semana ha hecho tres declaraciones hirientes sobre el proceso, la incompatibilidad del favorito con las encuestas y otras claras muestras de desesperación.

El presidente, arrogante y altanero, cree que logrará tener todo bajo control. Hay señales que muestran lo contrario.

Varias fuerzas opositoras contemplan la posibilidad de una ruptura con Marcelo, escenario que el hoy canciller rompe con el presidente porque no es favorecido con la candidatura oficial.

De materializarse este hipotético escenario, los líderes de los partidos de oposición consideran que podrían abanderar al hijo “desobediente” —la historia se repite— y ofrecerle una candidatura multipartidista.

Otros consideran que ese escenario es totalmente inviable, ya que el caudillo tiene poderosas líneas de control sobre Ebrard y muchos otros potenciales rebeldes: se llaman expedientes de oscuros pasados, operaciones comprometedoras y evidencias de turbios manejos de recursos públicos.

¿Será esto suficiente para contener el impulso de Marcelo?

Ya veremos.

Adán Augusto, cercano a las simpatías y cariños del mandatario, ha declarado que será el próximo presidente de México. Una de esas declaraciones descaradas que apelan a una cercanía de mucha confianza con el “gran votante”.

No creo que tenga ninguna posibilidad, y será sancionado con las fuerzas de Moreno sea cual sea la sucesión.

De tal manera que Claudia crece —los números así lo indican— de forma constante. Es prudente, equilibrada, ha manejado con astucia y mesura las bolas de fuego lanzadas por Ebrard. Ella permanece alineada, tranquila, sin desbordarse, ni un solo atisbo de desesperación, a diferencia del canciller. ¿Será que ella sabe algo que los demás no?

Se espera que el proceso sea desordenado, poco transparente —como todo en Morena—, con mucho alboroto y acciones desesperadas de varios actores principales o secundarios.

“No vamos a estar a expensas de Morena”, dijo ayer Marcelo Ebrard, en un desafío público inédito, que exhibe la angustia desesperante de ver que llega una candidatura que, con altas probabilidades, lo convertiría en presidente de la República.

En sectores políticos y analistas, las apuestas son a favor o en contra de que Marcelo rompa con AMLO y la 4T al no ser favorecido por la encuesta, o mejor dicho, por el dedo poderoso y rimbombante del caudillo.

Pero lo verdaderamente importante para los ciudadanos y también para el presidente, es si el candidato ungido ofrecerá “más de lo mismo” o se atreverá a dar un giro.

México se derrumba en programas fallidos, obras faraónicas que no funcionan —en un santiamén—, caos migratorio con Estados Unidos, inseguridad criminal galopante y sangrienta, corrupción descompuesta hacia el final del sexenio.

¿Alguien en su sano juicio quiere más de lo mismo? ¿Quiere la destrucción de más instituciones, el socavamiento brutal de la democracia, paquetes de leyes aprobadas a toda máquina para complacer al único?

El escenario de la sucesión se vislumbra lleno de piedras y obstáculos.

Quien quiera ser candidato a ganar las elecciones tendrá que plantear seriamente la reconstrucción de la muy dañada relación con EE.UU.; deberá postular una nueva narrativa, de relación respetuosa y de colaboración con el empresariado mexicano, tratar de recuperar la confianza y con ella la inversión; Tendrá que diseñar un nuevo modelo de seguridad nacional de forma centralizada, que combata el crimen organizado y reduzca los escandalosos niveles de impunidad; Por último, pero no menos importante, deberá proponer al electorado una nueva etapa, un nuevo lenguaje, para construir un mecanismo de unidad nacional.

La retórica no puede ser la misma. Es un solo México, con muchos mexicanos diferentes y diferenciados en regiones, actividades y orígenes. Pero el enfrentamiento entre ricos y pobres, blancos y pardos, chairos y fifis, aceitado y capitalizado por el presidente, ha causado un enorme daño a la nación.

¿Cómo curar las heridas? ¿Cómo presentar un proyecto de país que incluya a todos, integre a los mexicanos, reconcilie segmentos apuñalados de amargura?

Ese será el principal reto del próximo presidente de México.

Ni la continuidad ideológica del régimen, ni la construcción —como él sueña— de estatuas al presidente López Obrador.

El país hay que reconstruirlo, y para eso hay que reconciliarlo.

Repetir el disparate de una transformación absurda, inútil, carísima para el Estado mexicano e insustancial no lleva a ninguna parte.

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Metro

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