lun. Abr 27th, 2026

No hay pasado y no hay futuro, lo único real es el presente. Sin embargo, estamos hechos del pasado y no podríamos vivir si pensáramos que no hay futuro.

La imagen del futuro se ha devaluado. En siglos anteriores aún se concebían utopías. Lugares imaginarios donde reinaba la felicidad y la justicia para todos. En el siglo XX se hizo añicos la última gran utopía, la comunista, tras la experiencia del Gulag soviético, la revolución cultural china, las masacres en Camboya y la bancarrota en Cuba.

La utopía, como la Revolución, parecía llevar al matadero. Las distopías comenzaron a extenderse a partir de 1984 de George Orwell. Las imágenes que nos ofrece la literatura o el cine futurista son catastróficas. La imaginacion correo los apocalípticos no nos muestran cómo será el futuro: son imágenes de nuestros miedos presentes. Calentamiento global, superpoblación, nuevas dictaduras, vigilancia de todas nuestras acciones, generalización de la pobreza, contaminación del mar y de la tierra. El futuro está pintado en los colores más oscuros. Hablar de esperanza es arriesgarse a ser tildado, al menos, de ingenuo.

La voluntad de construir un futuro mejor ha desaparecido del horizonte político. El fourtea es esencialmente reaccionario. López Obrador quiere la restauración autoritaria del PRI de los tiempos de Díaz Ordaz y Echeverría. Cuando quiere proyectar una imagen económica ideal, recurre al llamado “milagro mexicano” de los años sesenta. Adora el mito del petróleo. En sus interminables discursos matutinos, la palabra futuro está ausente. El caso de la oposición no es mejor. Los diversos foros de reflexión que han aparecido en los últimos meses hablan del futuro con imágenes gastadas, lugares comunes huecos, que revelan un deseo de que todo vuelva a ser como antes de la llegada de López Obrador a la Presidencia. Eso no va a pasar. Lo que pasó antes estuvo mal, López Obrador tratando de enderezar lo empeoró, pero nadie en su sano juicio puede proponer que volvamos a lo que funcionaba mal o a medias.

Antes de que “el destino nos alcance”, debemos generar nuevas ideas e imágenes del futuro. Construye a través de la imaginación un futuro deseable y más aún: una imagen utópica del futuro, que una vez más pone el listón de lo que se puede hacer lo más alto posible. Quizás nunca logremos ese ideal (una sociedad sin hambre, menos desigual, igualitaria en género y raza, una sociedad que incorpore los avances tecnológicos -inteligencia artificial, fusión nuclear, computadoras cuánticas, ingeniería genética, entre otros). muchos otros– al bienestar de la humanidad; una sociedad diversa y tolerante, basada en una educación inclusiva, que destierre la superstición y exalte las artes y las ciencias) pero no debemos dejarnos guiar por el miedo, presente en casi todas las post-imágenes. imágenes apocalípticas que circulan en libros, películas y series de televisión: un páramo, hipercontaminado, una tierra moribunda que nos obliga a migrar a otros planetas, una tierra de guerras por el agua, de pandemias descontroladas, un mundo donde las máquinas se rebelan y esclavizarnos. Ese es el futuro que hoy vislumbra nuestro miedo. Es necesario imaginar otro futuro para empezar a construirlo.

No vayamos demasiado lejos, comencemos con México. ¿Cuándo vamos a lograr pacificar el país, que desaparezcan los cárteles, que no haya desaparecidos, que terminen las extorsiones y los secuestros? ¿Nunca? ¿Es ese nuestro horizonte? La estrategia de “abrazos, balas no” (atender las causas) fue tan inútil, o más, que la guerra fallida de Calderón. En El Salvador, Bukele ha logrado reducir la violencia a niveles mínimos utilizando métodos fascistas. No queremos eso. Querer que el sistema de salud sea tan bueno, o mejor, que el de Dinamarca es una aspiración noble, que este gobierno ha emprendido de la peor manera posible. Pero algún día debemos alcanzar ese objetivo: ser como Dinamarca, o más. ¿Qué nos lo impide? Jacques Rogozinsky ha insistido mucho, en una serie de penetrantes artículos publicados en este espacio, en que la clave está en la cultura. Esta transformación cultural no es imposible ni lleva décadas: el ejemplo lo dan los mexicanos, complacientes aquí y disciplinados apenas cruzan la frontera con Estados Unidos. Ellos son iguales. Pero allí hacen cumplir, al menos mucho mejor que nosotros, el estado de derecho.

Podemos aspirar a un México en paz, sin corrupción, con un alto nivel educativo y un buen sistema de salud, un México donde se respete la ley, un país más justo y menos desigual. Pero para llegar a esa meta, primero debemos imaginar ese México posible. Los políticos no lo están haciendo, ocupados en ganar las próximas elecciones. Los intelectuales viven dominados por el miedo. Nos toca a nosotros imaginar un México superior, nos toca a nosotros volver a ser realistas: aspiremos a lo imposible para lograr, con valentía y alegría, lo que es realmente posible.

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