jue. Jun 18th, 2026

En el uso y abuso de las instituciones, Andrés Manuel López Obrador intentará que la candidata opositora, Xóchitl Gálvez, encarne, ante los ojos de la sociedad, todo aquello contra lo que alguna vez luchó: convertirla en la imagen viva de la corrupción y los privilegios.

AMLO pretende encuadrar el 2024 en una lucha manual simbólica: es la última, y ​​más importante, batalla del héroe del pueblo contra sus poderosos enemigos.

Todo el avance de los buenos –él, sus colaboradores y los beneficiarios de este gobierno– está en riesgo porque sus adversarios, incansables en su afán por recuperar los privilegios perdidos, lograron inventar un candidato que amenaza la continuidad de los que tienen moralidad inmaculada.

Con estos ejes semánticos, el Presidente asume como deber liderar él mismo la campaña presidencial. Este general toma la delantera en el momento del combate que está por iniciar. Y lo hace como antes, como siempre, con el torso desnudo, armado sólo de su verbo y su ejemplo. Cual Quijote.

Esa es la estrategia: decir, una vez más pero ahora usando a Gálvez como demostración, víctima de la infinita perversidad de los reaccionarios, de su simulación, de su perversa creatividad, de sus recursos millonarios y sus motivos inconfesables.

Xóchitl es un hechizo, un invento, es hueco; ella es marioneta, marioneta, fachada y marioneta de los poderosos, del partido, de los conservadores.

La primera descarga de la batería presidencial en su contra arroja dudas sobre la legitimidad de una aspiración. Esta mujer se hace pasar por indígena, se hace creer que conoce la pobreza, se disfraza de pueblo… es la cara de un montaje, pero sólo eso, cara pública artificial, biografía. falso.

El segundo ataque para minar la figura del candidato es poner en duda la honestidad de la empresaria y política. Operadores del Presidente le envían documentación de los contratos de Xóchitl. Es su obligación darlo a conocer, difundirlo, alertar. Hay que desenmascarar a los corruptos.

Ni indígena ni empresaria exitosa. Su dinero proviene del tráfico de influencias, sus contratos se ganan con palancas: ella es parte de la élite que lo repartió todo en México. Los secuaces del tabasqueño se ponen manos a la obra y acuden a la fiscalía para denunciar la corrupción del demandante. El círculo se cierra.

Andrés Manuel sabe de elecciones. Conoce los planos sentimentales del electorado. Su resto se jugará en la operación mediática para consolidar, en Xóchitl Gálvez, la imagen de adversaria cuidadosa, no por ella, sino por la operación de quienes mueven los hilos del todavía senador.

¿Puede el solicitante evitar caer en la trampa? ¿Prevalecerá su candidatura o sucumbirá a la estigmatización fabricada desde Palacio Nacional?

El Presidente utilizará los medios públicos, las fiscalías y hasta las bancadas del Congreso o su símil capital para agobiar a un candidato que ha sabido ilusionar a la oposición.

Tendrá que encontrar una manera de no convertirse en lo que AMLO pretendía: un candidato a la defensiva, que sólo reacciona a lo que él dice o hace, desesperada por defenderse en lugar de ganar.

De manera retorcida AMLO se alegra con el surgimiento de esa candidatura. Que sea mujer, que tenga raíces en un pueblo polvoriento, que reivindique el aspiracionismo, que haya experimentado un salto cuántico -de aspirar a la CDMX a ir por la grande- será la demostración de que es un cuento puro.

López Obrador será más que el policía malo de la campaña. Ya que él es a quien buscan detener; es a él a quien pretenden borrar de la historia, es él y no su corcholata asumir una carga tan pesada: derrotar a los “corruptos”.

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Metro

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