vie. May 1st, 2026

En sus relaciones con el mundo, el gobierno de López Obrador ha mostrado claramente el destino que quiere para México. Con su silencio apoyó el golpe de Estado que intentó perpetrar Donald Trump en enero de 2021. Apoyó la represión violenta contra la disidencia cubana llevada a cabo por el dictador Díaz Canel y fue más allá: le ofreció la tribuna oficial en la ceremonia del 16 de septiembre. Apoyó tácitamente a Vladimir Putin equiparando la acción de invasión rusa con la acción defensiva ucraniana. Con su indiferencia, apoyó el fraude que Evo Morales quería realizar en Bolivia y hasta le otorgó asilo. Mostró su solidaridad con Cristina Kirchner cuando la justicia la condenó por sus flagrantes actos de corrupción. Ha guardado silencio sobre las gravísimas violaciones a los derechos humanos en Nicaragua. Y finalmente, ha expresado su apoyo y ha ofrecido asilo al depuesto presidente peruano Pedro Castillo tras intentar un autogolpe.

Ya no puede, como hizo al inicio de su gobierno, alegar que su indiferencia o su silencio son acciones dictadas por la Doctrina Estrada, ya que en otros casos ha estado inmiscuyéndose abiertamente, tanto que los gobiernos de Colombia y Perú han tenido que levantar protestas contra la abierta injerencia de López Obrador.

Si en México ha engañado a sus fieles al asumir falsamente que es “liberal”, en sus acciones y omisiones en el exterior ha mostrado su verdadero rostro: admirador del autoritarismo cubano y ruso, envidioso del fraude boliviano, atento a los métodos seguidos por intentos de golpe de Estado en Estados Unidos y Perú. Sin mascarillas: López Obrador es partidario del autoritarismo, el fraude y el autogolpe.

No engaña a nadie: si no ha viajado a las cumbres de líderes mundiales o a las reuniones de organismos internacionales, no es por austeridad o porque sea más importante la vigilancia de una carretera, no ha viajado por un complejo , por sus miedos, por su falta de curiosidad y porque si el inglés de Peña Nieto era malo, el de AMLO es inexistente. Su visión es local, provinciana y minúscula. Por eso canceló el aeropuerto de Texcoco (incapaz de comprender la importancia de un hub aeroportuario) y por lo mismo apuesta a construir una refinería cuando el mundo va en sentido contrario. Por no entender de geopolítica, por su visión anclada en la década de 1970, México ha desaprovechado la extraordinaria oportunidad que se abrió con la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

En todo esto, el papel de Marcelo Ebrard ha sido vergonzoso. Le ha vendido a López Obrador la idea de que sus ideas -planas, limitadas- son de interés para el mundo. La propuesta de paz que presentó a la ONU rayaba en el ridículo, y así fue tomada. El año pasado, cuando organizó la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, su discurso pasó desapercibido. Su propuesta de formar una unión económica entre los países iberoamericanos siguiendo el modelo de la Unión Europea fue simplemente ignorada. Igual suerte ha corrido la propuesta de López Obrador de sustituir a la OEA. ¿El presidente está al tanto de estos tropiezos, Ebrard los está endulzando o no le interesan? Creo que es el tercero. Su visión de su mundo es la de un presidente municipal de Macuspana.

En estos cuatro años, mientras el mundo cambia aceleradamente, México se ha mantenido estancado. Dejamos de ser tomados en cuenta. Volvemos a nuestro estatus de plátano. Los recientes reveses en las candidaturas fallidas de mexicanos a organismos internacionales son un buen ejemplo de ello. No contamos en los organismos internacionales, no somos un factor a tener en cuenta en la geopolítica.

No dudo que en Granma, o en los diarios oficiales de Nicaragua o Venezuela, López Obrador tenga buena prensa. En cuanto a la prensa seria del mundo (los grandes diarios norteamericanos, ingleses o franceses), López Obrador tiene en ellos la pequeña estatura de los líderes folclóricos del pasado. Una especie de Pedro Castillo sin sombrero, pero igualmente insignificante. Por eso, cada vez produce más hilaridad cuando asegura que es “el segundo presidente más popular del mundo”. Uno se pregunta si no se da cuenta de lo ridículo que lo pone al exhibir su supuesta fama. La respuesta es sencilla: su discurso no está dirigido a la sociedad sino a sus seguidores. El presidente se enorgullece de la ignorancia del pueblo porque puede seguir engañándolo impunemente.

Durante sus primeros años, López Obrador supo ocultar sus complejos bajo el engaño de la Doctrina Estrada. Con el tiempo, el presidente está desnudo: su apoyo al autoritarismo y los intentos de golpe lo han pintado de cuerpo entero. Cuando ha sido necesario que México adopte una posición firme, el presidente rehuye. Cuando más le convendría tener cuidado, AMLO se mete donde no le importa. La imagen es terrible: un presidente perdido en el laberinto de un mundo que le era demasiado grande y que no entiende.

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