lun. Jun 15th, 2026

Con material de Nedda Gurwitz

Son tres actividades independientes, pero cuando las artes y el deporte, como toda disciplina, se desarrollan bajo una gestión dictatorial, peor aún, totalitaria, como es el estado cubano, la gestión, individual o colectiva, queda sujeta a la voluntad del gobierno.

Habrá quien no entienda las protestas, que por cierto, no son contra los deportistas, sino contra el régimen que representan, aunque como ciudadanos también tienen derechos y deberes con su comunidad.

Confieso que recuerdo con amargura aquellos días de sentencias de muerte que se ejecutaban en 24 horas, cuando muchos destacados deportistas y artistas, premiados en el extranjero, en sus primeras declaraciones a la prensa dedicaban sus premios a Fidel Castro o simplemente decían que ese era su inspiración.

Las distinciones que obtienen los deportistas bajo este tipo de régimen son producto de su esfuerzo, pero el gobierno las capitaliza e implementa una campaña de propaganda que contribuye a la desinformación y dependencia del deportista. Algo similar ocurre con los avances científicos o de cualquier tipo que se puedan producir en el país, se hacen creer, se difunden los resultados, como verdadero progreso del sistema, no de la nación, menos de los individuos que con su talento y dedicación, logró el éxito.

Un premio o reconocimiento a un cubano que representa a la isla, por la condición totalitaria del sistema, se refleja en el patrimonio del régimen y lleva a un sector de quienes se oponen a él, a no sentir el triunfo como algo nacional, como un acontecimiento que pertenece a todos.

He participado en manifestaciones contra la dictadura en eventos deportivos. Confieso que no es fácil. Me sentí como el personaje del libro “Las dos mitades del vizconde” de Ítalo Calvino, que describía a un aristócrata físicamente partido por la mitad por una bala de cañón, lo que incidía en el comportamiento contradictorio de los dos hemisferios del sujeto.

La situación que presentó Calvino en su novela corta es compleja, similar a la que sufrimos quienes nos enfrentamos a regímenes totalitarios capaces de apropiarse de todos los valores de una nación. Es cierto que hay quienes no tienen problemas con sus mitades, son un todo y se comportan como un ariete sin sufrir las consecuencias.

A principios de la década de 1980, en un estadio de Valencia, Venezuela, se llevó a cabo un evento deportivo al que asistieron boxeadores cubanos.

Fue un día intenso. Junto a Kemel Jamis, ex preso político, y otros dos compatriotas llegamos al recinto con un par de grandes carteles que decían “Bienvenidos hermanos deportistas cubanos” y otro “Condenamos la tiranía castro-comunista”, la reacción de Los esbirros de la dictadura, cubanos y venezolanos, no esperaron, por suerte, a nuestra integridad física, intervinieron miembros de la Guardia Nacional y nos sacaron del estadio bajo custodia.

Manifestarse es un derecho, sobre todo cuando no se ataca a las personas ni se dañan los bienes públicos o privados.

El totalitarismo introduce al ciudadano en un debate perenne. Conciencias, sentimientos, intereses, política e ideología se enfrentan en un debate constante, lo que complica agudamente llegar a una conciliación. El régimen que impera en Cuba es tan absorbente e incluyente que por mucho que el individuo lo intente, no puede escapar a la influencia del sistema, a menos que rompa por completo con sus raíces y lo que de ellas se deriva.

Esta percepción en cierta medida también se basa en que el mesianismo totalitario, más allá de la voluntad y la acción de cada ciudadano, inculcó durante décadas la certeza de que la Patria y Fidel Castro eran un solo ente, un absolutismo que llevó a creer que cualquier individuo decisión en contrario tendría un impacto negativo en los valores y compromisos de la Nación.

Todo ello genera un enfrentamiento irreconciliable entre las dos supuestas mitades, no solo en lo deportivo o aspectos afines. Afecta todo, incluso la ayuda que le puedas brindar a un familiar, porque la realidad es que el totalitarismo, como un embudo gigantesco, lo engulle todo.

¿Pero qué hacer? El totalitarismo es una trampa sucia que nos corroe. En la Isla todo está secuestrado, incluidos nuestros seres queridos, ¿y puede haber Patria, sin familia?

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Metro

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